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COLOQUIOS

CONFERENCIA

N.º 5 – CULTIVAR EL ESPÍRITU DE JUSTICIA

Enseñanzas y conferencias

CULTIVAR EL ESPÍRITU DE JUSTICIA

En octubre de 2007, el secretario general de las Naciones Unidas, el surcoreano Ban Ki-moon, declaraba en un discurso pronunciado en presencia de Souhayr Belhassen, presidenta de la Federación Internacional de los Derechos Humanos: «La justicia es una condición de la paz» y «la paz y la justicia son indivisibles».

Efectivamente, el espíritu de justicia solo prevalece si la solidaridad y el compartir están presentes: los conflictos actuales que sacuden el planeta demuestran que la miseria y la injusticia están en el origen de numerosos conflictos.

En este comienzo del siglo XXI, agitado por las consecuencias de actuaciones humanas en las que el corto plazo prima sobre los valores morales que garantizan una felicidad compartida y duradera, la religión aumista tiene en cuenta la necesidad de restablecer el espíritu de justicia y de paz en todos los niveles.

Esta ponencia tratará, pues, los puntos siguientes:

  • Cultivar el espíritu de justicia en la sociedad humana;
  • Cultivar el espíritu de justicia hacia la naturaleza;
  • Conjugar la oración y la acción justas.

I. CULTIVAR EL ESPÍRITU DE JUSTICIA EN LA SOCIEDAD HUMANA

Aprender a compartir

Su Santidad el Señor HAMSAH MANARAH nos dice que el egoísmo es «la primera hiedra trepadora que hay que arrancar de lo más profundo de cada uno, para que pueda ponerse en movimiento la ley natural del reparto de las riquezas, tanto materiales como espirituales».[1]

El egoísmo empuja a buscar solo el propio interés. Conlleva el desprecio de los demás y avala las desigualdades. Va unido a una competencia a veces salvaje, a la ley del más fuerte, que engendra violencia: violencia en quien aplasta a los demás y quiere mantener su poder, y violencia en quienes son aplastados y quieren vengarse y recuperar sus derechos. Las desigualdades entre el Norte y el Sur, pero también dentro de cada continente con el «cuarto mundo», nunca han sido tan flagrantes. Por egoísmo, individuos y naciones solo ven su interés a corto plazo, sin preocuparse por las generaciones futuras.

El Fundador del Aumismo vino a restaurar la Justicia, que es indispensable para la paz.

Ha llegado el momento de que el planeta acceda a un nivel superior de evolución, de sustituir la ley del más fuerte y la ley del Talión por la ley del amor, que supone la justicia:

«No construiré la Edad de Oro», dice, «sobre un mundo de injusticia social y económica, sobre una Tierra donde conviven la extrema riqueza y la extrema pobreza. No construiré la Edad de Oro sobre una Tierra sometida al Dios dinero y a la diosa beneficio. No construiré la Edad de Oro sobre un planeta fragmentado en un rompecabezas que desgarra a los pueblos y exacerba los particularismos locales».[2]

Si nada cambia, la división pone a la Tierra en peligro de muerte. Por eso Su Santidad el Señor HAMSAH MANARAH nos da referencias para orientar nuestro cambio y ayudarnos a vivir en paz: nos propone nuevas leyes morales llamadas Leyes de la Edad de Oro.

La 5.ª es la Ley del Compartir, cuyo primer principio es: «Compartirás tu saber, tus conocimientos y tus logros materiales y espirituales con tu prójimo». Y el segundo: «Nunca serás como el avaro sentado sobre su cofre del tesoro, dejando que el mundo muera de hambre o que las almas se suiciden de desesperación».[3]

Desprenderse del afán de posesión

Lo que impide compartir es a menudo el deseo de guardar para uno mismo lo que supuestamente nos pertenece de forma exclusiva.

Pero «¿qué es, pues, lo tuyo, lo suyo, lo del otro, lo mío, lo nuestro?», pregunta el Señor. «Nada puede pertenecernos de forma duradera. (…) Lo que es cierto para el individuo lo es aún más para un pueblo, una nación. Las guerras fronterizas proceden siempre de la impresión de haber sido despojado un día por la historia de una parte del propio territorio».[4]

La paz quedará firmemente establecida cuando la mayoría de los seres humanos haya hecho suya esta máxima: «La Tierra pertenece a todos y no es propiedad de nadie».[5]

Desarrollar el sentido del interés general y la solidaridad

Aplicar la Ley del Compartir supone pensar en el bien colectivo y abrirse a la solidaridad.

El Señor HAMSAH MANARAH pone a cada uno ante la urgencia: no podemos seguir centrados en nosotros mismos cuando la Tierra está amenazada de autodestrucción.

«Si cada uno solo ve su caso particular, la humanidad no está cerca de recuperar su unidad. Pero si todos nos reunimos en torno al caso colectivo de nuestro planeta, que se muere a fuego lento a consecuencia de los malos pensamientos y las malas acciones, entonces cada uno de nosotros encontrará en lo más profundo de sí mismo la fuerza moral para domar el mal interior y no seguir agravando la carga colectiva de un planeta acorralado».[6]

«La verdadera justicia es la que favorece la protección del interés colectivo.
La verdadera justicia es la que permite a las almas tomar conciencia de sus errores y remediarlos. (…)
La verdadera justicia es sinónimo de solidaridad».[7]

Más allá de las diferencias, «la Edad de Oro es ante todo el gesto de la mano tendida hacia quien sufre».[8]

El Señor nos ayuda a acelerar nuestro cambio interior poniéndonos ante nuestro deber personal.

He aquí tres preguntas que hacerse cada día:

«¿Qué he hecho hoy para ayudar a mi prójimo?
¿Qué haré mañana para aliviar el sufrimiento del mundo?
¿He respetado en todo la ley del reparto de las riquezas, tanto materiales como espirituales?».[9]

II. CULTIVAR EL ESPÍRITU DE JUSTICIA HACIA LA NATURALEZA

La violencia humana hacia la naturaleza engendra conflictos

En la religión aumista no se puede hablar de justicia hacia los seres humanos sin evocar la necesaria justicia hacia la naturaleza: la conciencia humana es fruto de una lenta evolución a través de los reinos mineral, vegetal, animal y humano. Antes de animar un cuerpo humano, nuestra conciencia habitó las piedras, las plantas y los animales. Esta «cadena de la vida» genera una interacción y una solidaridad de hecho entre todos los seres vivos.

«Las almas humanas proceden de la Escala Evolutiva: antes de caminar sobre la Tierra, fueron piedras del camino que tomaron cuerpo de vegetal, luego se lanzaron sobre las alas del pájaro, para volver a correr a cuatro patas sobre la tierra y enderezarse lentamente hasta convertirse por fin en humanos».[10]

Llegado a la cima de la Pirámide, el hombre es en cierto modo la «quimiosíntesis de todos los reinos de la naturaleza», «el resumen de la naturaleza». Como la conciencia del hombre ha evolucionado a través de los distintos reinos de edad en edad, se encuentra en la cima de la Pirámide Evolutiva, en el umbral de la divinización. Por eso los reinos de la naturaleza siguen el ejemplo de los seres humanos, tanto si van en el sentido de la evolución y del progreso… como en el de la involución y de la caída.

En la Edad de las guerras y de las divisiones de la que estamos saliendo (la Edad de Hierro), el hombre ya no asume sus responsabilidades hacia los reinos de la naturaleza de los que procede:

  • convertido en materialista y demasiado volcado en la satisfacción creciente e inmediata de sus necesidades materiales, ya no respeta a Dios presente en sí mismo y en todo lo que vive. Aplasta, explota y destruye la naturaleza. Ya no ayuda con sus oraciones a progresar a los minerales, los vegetales y los animales que evolucionan en su estela;
  • da el mal ejemplo de la injusticia. Como consecuencia, la naturaleza, que está viva, sigue al hombre por la pendiente de la violencia: se venga de su falta de respeto y de los sufrimientos infligidos. Es la causa de muchas catástrofes naturales y cataclismos.

El Aumismo insiste en las consecuencias de los sufrimientos infligidos a los animales. A la luz de la Ley de Evolución, el reino animal debe evolucionar hacia el reino humano: si son maltratados, los animales guardarán el recuerdo doloroso de los sufrimientos infligidos y serán humanos llenos de deseo de venganza. «Las guerras entre los hombres», dice el Señor HAMSAH MANARAH, «comienzan con una guerra abierta entre el hombre dictador y el animal sacrificado».[11]

En cambio, si son amados y bien cuidados, si se humanizan aprendiendo a comunicarse con nosotros y a comportarse sin violencia, los animales se convertirán en humanos pacíficos, capaces de justicia.

El hombre debe restaurar la paz con la naturaleza

Hoy es indispensable tomar conciencia de esta interdependencia entre el hombre y el conjunto de los reinos de la naturaleza para recuperar la paz planetaria.

Nosotros, los seres humanos, nos hemos mostrado profundamente injustos con la Naturaleza: la hemos envenenado, saqueado, sometido y en algunos lugares destruido, cuando ella nos da cobijo, nos calienta, nos alimenta y nos permite vivir. De ahí la necesidad de restaurar la paz con la Naturaleza, que es la condición de la paz entre los seres humanos: debemos mostrarnos justos con todos los reinos.

Aquí es donde puede introducirse el concepto de desarrollo sostenible, cuyas ideas fundamentales se encuentran todas en el Aumismo. El desarrollo sostenible permite satisfacer las necesidades presentes sin destruir la naturaleza y sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras de satisfacer las suyas. Busca favorecer un estado de armonía entre los distintos reinos de la naturaleza.

En concreto, es imperativo que la humanidad sopese las consecuencias de sus actos a largo plazo:

  • tener en cuenta el futuro (el «principio de precaución», por ejemplo…);
  • tener en cuenta el medio ambiente (protección de la fauna y la flora, emisiones de CO2, consumo energético…).

En el plano individual y colectivo, debemos evitar los actos de violencia hacia los minerales, los vegetales y los animales, que permiten a conciencias en evolución alcanzar el nivel superior. Les debemos gratitud y protección de forma concreta, como se evocó en el coloquio anterior.

Salir del egoísmo es fundamental: preservar la naturaleza es preservar el futuro de las generaciones venideras.

Su Santidad el Señor HAMSAH MANARAH nos da la orientación que seguir con el «Código de honor del hombre ante los Reinos de la Naturaleza», que os animo a leer en L’Aumisme, la Doctrine de l’Âge d’Or, p. 206.

He aquí los 2 primeros principios de la undécima Ley de la Edad de Oro, la Ley del contrato natural:

«El hombre que se beneficia de la naturaleza deberá orar por la evolución de los espíritus inferiores, a cambio de los beneficios derramados cada día.
El hombre deberá abstenerse de desequilibrar la naturaleza, el clima y las especies minerales, vegetales y animales, so pena de ver temblar la tierra bajo sus pies».[12]

III. CONJUGAR ORACIÓN Y ACCIÓN

El equilibrio entre oración y acción

«Mis posiciones son claras», dice Su Santidad el Señor HAMSAH MANARAH; «invitan a todos y cada uno a trascender el egoísmo y a ayudar a su prójimo con la oración, pero también de forma concreta».[13]

Como hemos visto, la paz duradera debe concretarse en actos de solidaridad hacia la naturaleza y hacia nuestros hermanos humanos. Pero asociar la oración y la acción es una idea fundamental del Aumismo. La justicia se restablece mediante la oración y la acción: la humanidad, como toda la Pirámide evolutiva, espera que se compartan las oraciones y que se actúe solidariamente para aliviar sus sufrimientos.

La oración por nuestros hermanos humanos y por los demás reinos de la naturaleza es un acto de solidaridad espiritual: «Cada uno de nosotros», dice Su Santidad el Señor HAMSAH MANARAH, «debe ser un redentor para los reinos de la naturaleza y compartir la esencia de nuestras oraciones de amor con los espíritus de los minerales, de los vegetales, de los animales y de los demás humanos».[14]

El sentido del servicio desinteresado

Como hemos visto, quienes buscan por todos los medios servir intereses particulares pisotean la justicia y la solidaridad. Alimentan las divisiones y las guerras. Para contribuir a la paz hay que poner, pues, las propias acciones y oraciones al servicio del bien colectivo, del interés general a largo plazo. Acompañando la acción y repetida de forma desinteresada, la oración del OM favorece la evolución de todos los seres y derrama sus beneficios sobre todos. El OM representa «el arca de la alianza entre el hombre y la naturaleza», el punto de equilibrio de toda la creación. Del justo equilibrio entre los reinos, del mineral al humano, depende la verdadera paz.

CONCLUSIÓN

Su Santidad el Señor HAMSAH MANARAH nos invita a tomar conciencia del papel destructor de las injusticias.

Nos invita a restablecer una verdadera justicia, factor de paz, mostrándonos que, más allá de las pruebas, la Edad de Oro ya está en marcha gracias al descenso de lo Divino a la materia: «La renovación religiosa en curso», dice, «tendrá repercusiones cada vez mayores y traerá consigo una nueva visión del mundo, no estática. (…) El hombre del mañana sacará provecho a la vez de los progresos de la tecnología y de una mayor toma de conciencia de su destino espiritual. (…) Se perfilará una política mundial estable del medio ambiente. Con la disminución de los riesgos de guerra, nuevos datos actualizados sobre la economía mundial equilibrarán a las naciones».[15]

Preconiza un federalismo mundial que ayude a las naciones a vivir juntas y en paz, respetando las diferencias, con, entre otras cosas, «la puesta en común de los esfuerzos para mantener un equilibrio social y económico, un reparto de las riquezas y la salvaguarda de las distintas partes que componen el patrimonio de la humanidad».[16]

Más allá de los extravíos, las dificultades y la violencia todavía presentes, vemos Estados que buscan una mejor cooperación en el ámbito europeo e internacional. Progresivamente, la aspiración a la justicia y a la paz crece en el mundo.

Y terminaremos con este deseo de Su Santidad el Señor HAMSAH MANARAH por la paz en el mundo:

«¡Que el espíritu de equidad y de justicia crezca en esta Tierra!».[17]

*******

[1] La Révolution du monde des vivants et des morts, p. 441.

[2] L’Unité des Visages de Dieu, p. 370.

[3] La Loi d’Évolution des Âmes, p. 316.

[4] La Révolution du monde des vivants et des morts, p. 442.

[5] Ibid., p. 443.

[6] Ibid., p. 441.

[7] Vers un Âge d’Or d’Unité, p. 477.

[8] Une Loi pour détruire le Mal, p. 89.

[9] La Révolution du monde des vivants et des morts, p. 442.

[10] La Loi d’Évolution des Âmes, p. 273.

[11] L’Aumisme, la Doctrine de l’Âge d’Or, p. 196.

[12] La Loi d’Évolution des Âmes, p. 329.

[13] Une Loi pour détruire le Mal, p. 85.

[14] Vers un Âge d’Or d’Unité, p. 259.

[15] L’Aumisme, la Doctrine de l’Âge d’Or, p. 268.

[16] Ibid., p. 279.

[17] Ibid., p. 285.

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