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COLOQUIOS

CONFERENCIA

N.º 2 – CULTIVAR LA NO VIOLENCIA EN UNO MISMO

Enseñanzas y conferencias

N.º 2 – CULTIVAR LA NO VIOLENCIA EN UNO MISMO

Las manifestaciones de gran violencia contra poblaciones civiles e indefensas han sido numerosas y múltiples en los últimos años, suscitando indignación, incomprensión, ira, tristeza y miedo. Para contribuir a remediarlo, podemos intentar conocer sus causas. Pero aquí nos interesaremos por un enfoque introspectivo.

René Girard, antropólogo y filósofo que escribió mucho sobre la violencia, nos dice: «Cuando pensamos en la violencia, pensamos en la agresión, es decir, en algo exterior dirigido contra nosotros mismos, pero nunca ejercido por nosotros mismos».

En la religión aumista, la transformación del mundo que nos rodea empieza por una revolución individual, y Su Santidad el Señor HAMSAH MANARAH nos enseña que «el primer campo de lucha por un futuro mejor es nuestra propia personalidad».[1]

«Esta toma de conciencia», indica Él, «concierne no solo a los moralistas, sino a la humanidad entera, más allá de las nociones de raza, de clase social y de nación. Debe llevarnos necesariamente a reducir la distancia que suele existir entre las palabras, los buenos deseos y los actos positivos encaminados a la pacificación de las mentes y de los corazones.»[2]

A lo largo de esta ponencia evocaremos algunas pistas que permiten cultivar la no violencia en uno mismo:

  1. Descubrir y comprender las causas de nuestra propia violencia
  2. Soluciones en uno mismo
  3. Soluciones en la relación con el otro

I – DESCUBRIR Y COMPRENDER LAS CAUSAS DE NUESTRA PROPIA VIOLENCIA

Como ocurre con la violencia, nuestra propensión a analizar el carácter de los demás para percibir mejor sus defectos nos permite, consciente o inconscientemente, ocultar los meandros y la complejidad de nuestra propia personalidad. Nuestra atención se ve atraída por el mundo exterior y descuida dirigirse al conocimiento de nosotros mismos. Sin embargo, este conocimiento de uno mismo es indispensable para quien busca mejorar y espera dominarse mejor, como el deportista de alto nivel que examina con lupa cada uno de sus gestos para mejorar su rendimiento.

Solo un balance sincero y riguroso permite detectar las causas de nuestro propio sufrimiento, conflictos interiores, malestar físico, falta de confianza en uno mismo, heridas anteriores…, y comprender las fuerzas que actúan en nosotros. ¿Cuáles son los medios para explorar nuestro universo interior?

Pueden considerarse sencillos, porque siempre tenemos nuestro objeto de exploración «a mano», expuesto a nuestra mirada interior:

  • Observemos nuestros pensamientos, nuestras reacciones, nuestros sentimientos, nuestras emociones;
  • Practiquemos la meditación, dejando espacio al silencio;
  • Analicemos nuestros sueños…

Sin embargo, estos medios pueden resultar complejos si nos falta atención, vigilancia y valor moral ante lo que pueden hacernos descubrir. Sin contar con que ciertos recuerdos que han marcado el inconsciente pueden estar muy enterrados. Si es necesario, se puede recurrir a la experiencia de un psicoanalista competente.

Podemos fijarnos objetivos en los actos cotidianos para estimular nuestra vigilancia ante nuestros hábitos: tranquilos y corteses al volante, cuando vamos con prisa, en una cola, en presencia de tal persona…

Podemos fijarnos citas diarias (por la noche, al acostarnos) y semanales (el domingo por la mañana) para hacer los balances necesarios de nuestra evolución. La paciencia y la regularidad darán resultados progresivos, lentos quizá, pero seguros. ¿Con qué beneficios?

Sin ejercer tampoco violencia contra uno mismo, el descubrimiento y la comprensión benevolente de nuestros miedos, de nuestro egoísmo, de nuestro orgullo o de nuestra intolerancia nos permitirán considerar y trabajar las cualidades diametralmente opuestas. También aquí son bienvenidas la paciencia y la regularidad. El segundo interés de este conocimiento de uno mismo, y no el menor, es que nos da la clave para comprender al otro y al mundo que nos rodea. El otro, como otro yo, se percibe entonces con mayor finura y, sobre todo, con más indulgencia.

II – SOLUCIONES EN UNO MISMO

Las emociones, como sabemos, nos juegan malas pasadas y surgen de forma imprevisible en quien no se observa. Provocadas por un acontecimiento inesperado o por un recuerdo reciente o lejano, y alimentadas por nuestro inconsciente, las ocasiones son numerosas y pueden invitarnos solapadamente a alimentar fobias y desconfianza. Malas consejeras, la ira, la envidia, los celos y el miedo exagerado provocan muy a menudo manifestaciones de violencia, contra nosotros mismos o contra los demás.

Hay que ser fuerte para ser no violento

La disciplina de la mente nos protegerá de reacciones precipitadas ante los acontecimientos, ante la actualidad ampliamente comentada por los medios y amplificada por la imaginación, que a menudo nos hace ver lo peor… Al modo de las artes marciales, la no violencia es cuestión de un dominio de uno mismo que exige un trabajo de largo aliento, con rigor y con un discernimiento lúcido y benevolente. Y esta vigilancia deberá ejercerse y extenderse al terreno de nuestras acciones, como al de nuestras palabras y nuestros pensamientos. Al reconocer nuestros miedos, sin culpabilidad, podremos expresarlos, verbalizarlos antes de volvernos agresivos, y permanecer vigilantes para no dejarnos «alimentar» por esos miedos.

En su libro Mon grand-père était Gandhi («Mi abuelo era Gandhi»), Arun Gandhi aconseja: «Convertir la energía de la ira en no violencia, controlando la ira en cuanto aparece para detenerse y analizar la situación. La ira proporcionará entonces la energía necesaria para resolver los problemas de forma no violenta».

Su Santidad el Señor HAMSAH MANARAH nos indica en el mismo sentido: «Para liberarse de la presión de las emociones, es imprescindible desprenderse de uno mismo, observarse y analizarse como si se analizara a una tercera persona. Este ejercicio permite calmar rápidamente las olas de la mente, apaciguar los ciclones emocionales y devolver cada situación, cada acontecimiento, a su justa proporción: la del bache del camino que se había convertido en un barranco imaginario».[3]

El libro La Loi d’Évolution des Âmes, del que está extraído este pasaje,[4] propone técnicas y meditaciones valiosas que facilitan:

  • El dominio de la imaginación;
  • El desapego de uno mismo;
  • La liberación del corsé emocional nacido del pasado reciente, cercano y lejano.

Prefiriendo la acción a la reacción, podemos diferir las respuestas a una agresión o a un acontecimiento percibido como tal, y los pequeños acontecimientos de cada día nos brindan otras tantas ocasiones de entrenarnos para mantener la calma. La paciencia vuelve a ser necesaria: más valen pequeños progresos constantes y duraderos que golpes de efecto espectaculares.

Una clave regia: el perdón

El Fundador de la religión aumista, cuya enseñanza está siempre orientada hacia los medios prácticos de evolucionar y de construir un mundo de paz, nos ha entregado, a través de Su ejemplo y de Su obra escrita, numerosas claves. Entre ellas, la del perdón merece una atención especial. Nos dice:

«El Perdón es el único medio de poner fin al odio».[5]

El perdón es una salida del engranaje, una puerta que hay que cruzar para permitir al otro crecer en humanidad, para devolver a la víctima la fuerza de levantarse, para poner fin al ciclo infernal de la venganza.

El perdón no borra el acto cometido, pero permite a cada una de las partes liberarse del odio o de la culpabilidad, restaurando la dignidad de ser humano de cada uno e iniciando un proceso de reconstrucción personal. Pero, lejos de ser un proceso implícito y espontáneo, el perdón requiere un trabajo, una determinación y una fuerza proporcionales al nivel de las heridas infligidas o sentidas, en una escala individual propia de cada uno.

El primer paso, nos dice el Señor, es el Perdón a uno mismo: «No pidáis a DIOS que tenga piedad de vosotros, sino tened sencillamente piedad de vosotros mismos»,[6] porque nuestra conciencia puede seguir siendo implacable con nosotros mucho después de que otro nos haya perdonado.

El segundo paso es el perdón a los demás, a quienes nos han hecho daño. Para dejar de identificarse con el estado de víctima, ya no se trata de un perdón a uno mismo, sino de un perdón para uno mismo, que hay que conceder.

En ambos casos se puede sacar provecho de un cambio en la situación vivida y sentida, que aporte el bálsamo de la serenidad y de la paz interior para liberarse poco a poco. En ambos casos habrá que recurrir al perdón, a uno mismo o al otro, y esta práctica,[7] descrita en detalle en el libro La Révolution du Monde des Vivants et des Morts, se recomienda como máximo una vez por semana y como mínimo una vez al mes.

Hannah Arendt, filósofa de origen alemán, afirma: «El perdón es sin duda una de las mayores facultades humanas y quizá la más audaz de las acciones, en la medida en que intenta lo imposible, a saber, deshacer lo que se ha hecho, y logra inaugurar un nuevo comienzo allí donde todo parecía haber terminado».[8]

III – SOLUCIONES EN LA RELACIÓN CON EL OTRO

Intentar comprender al otro

Como hemos dicho, un mejor conocimiento de uno mismo favorecerá una mejor comprensión del otro, esté cerca o lejos. Es lo que nos permitirá detectar las palabras y los actos causados por el estrés o el miedo de la persona que nos agrede. Es lo que nos hará percibir las necesidades del otro, para negociar mejor la salida de una situación conflictiva, dialogar a fin de aclarar cualquier malentendido o duda y encontrar un terreno de entendimiento.

La expresión «El infierno son los otros», heredada de Jean-Paul Sartre, puede dar a entender que el paraíso estaría poblado por individuos calcados de nuestros propios modos de pensar, o bien se parecería a una isla desierta. Pero el propio autor comenta: «“El infierno son los otros” siempre se ha entendido mal. Se ha creído que yo quería decir con ello que nuestras relaciones con los demás estaban siempre envenenadas, que eran siempre relaciones infernales. Ahora bien, lo que quiero decir es algo muy distinto. Quiero decir que si las relaciones con los demás están retorcidas, viciadas, entonces el otro no puede ser más que el infierno. ¿Por qué? Porque los demás son, en el fondo, lo más importante que hay en nosotros mismos para nuestro propio conocimiento de nosotros mismos».[9]

El otro es, pues, alguien que me remite a la relación que mantengo con él. Para mi felicidad, el otro debe ser entonces otro yo al que amo o respeto. Porque el otro no es otro yo que se me parece; es otro yo que puede abrirme a la diversidad, enriquecerme y permitirme llegar a ser otro, mejor y más amplio. La intolerancia se nos aparece entonces como el miedo a que vacilen nuestras propias creencias. El Señor HAMSAH MANARAH nos dice a este respecto: «Si el hombre es fundamentalmente bueno, está seguro de sí mismo; las opiniones diferentes de quienes encuentra no deberían turbarlo, crear en él agitación ni, menos aún, hacer nacer la agresividad. Una verdadera certeza interior no teme el análisis».[10]

Reconsiderando con regularidad nuestro punto de vista y nuestras convicciones, podemos aprender cada día a través del diálogo y del intercambio, y aceptar las divergencias de opinión y de creencias, ya que cada uno posee una verdad y no la verdad. Recordemos que el único dogma del Aumismo es «la Unidad de los Rostros de Dios», fuente de tolerancia entre las religiones. El Fundador habla también de la tolerancia hacia las imperfecciones de quienes nos rodean, y recomienda admitir solo tres defectos en el otro para vivir en paz en cualquier comunidad:

«Los defectos aparentes del manto no deben hacer olvidar al Sabio que observa que, en segundo plano, centellea todavía y siempre la Conciencia Divina».[11]

Si en un primer momento es necesario establecer «prohibiciones», que implica el propio término de no violencia, y detectar las expresiones de violencia, no se puede silenciar la maledicencia, convertida en deporte nacional de nuestros políticos y humoristas. Figura entre los hábitos más difíciles de erradicar. Victor Hugo, mejor que nadie, con humor y finura, nos invita a ello en este poema (Le Mot, «La palabra»), en traducción libre:

«Jóvenes, tened cuidado con las cosas que decís.

Todo puede salir de una palabra que al pasar perdéis.

¡Todo, el odio y el duelo! Y no me objetéis

que vuestros amigos son de fiar y que habláis bajo…

Escuchad bien esto:

a solas, en zapatillas,

con las puertas cerradas, en casa, sin un testigo que respire,

decís al oído del más discreto

de vuestros amigos del alma, o, si lo preferís,

murmuráis a solas, creyendo casi callar,

en el fondo de una bodega a treinta pies bajo tierra,

una palabra desagradable sobre algún individuo;

esa palabra que creéis que nadie ha oído,

que decíais tan bajo en un lugar sordo y sombrío,

¡corre apenas suelta, parte, salta, sale de la sombra!

¡Mirad, ya está fuera! Conoce su camino.

Camina, tiene dos pies, un bastón en la mano,

buenos zapatos claveteados, un pasaporte en regla;

¡si hiciera falta, le saldrían alas, como al águila!

Se os escapa, huye, nada la detendrá.

Sigue el muelle, cruza la plaza, etcétera,

pasa el agua sin barca en la estación de las crecidas,

y va, a través de un dédalo de calles,

derecha a casa del individuo del que hablasteis.

Sabe el número, el piso; tiene la llave,

sube la escalera, abre la puerta, pasa,

entra, llega y, burlona, mirando al hombre a la cara,

dice: “¡Aquí estoy! Salgo de la boca de fulano”.

Y ya está hecho. Tenéis un enemigo mortal».

De la no violencia al altruismo

Por último, en esta lista no exhaustiva, se tratará de ejercer nuestra vigilancia sobre las violencias pasivas, y por tanto más solapadas, discretas y banalizadas: nuestra indiferencia ante el sufrimiento de los demás, nuestra falta de atención, nuestra ausencia de gratitud o de ánimos. Se trata aquí de incitar a ampliar la noción de no violencia a la de altruismo. De encontrar cada día palabras que reconforten, que tranquilicen, acciones que alivien, que cuiden, que manifiesten una atención particular al amigo, al pariente, al vecino, al compañero de trabajo, al comerciante, al extranjero.

«La humanidad espera de ti que des ejemplo del amor en acción mediante la oración, la entrega de uno mismo y el gesto que alivia todos los dolores».[12]

La desconfianza se convierte en benevolencia, una benevolencia que podemos ejercitarnos a difundir cada día, con el pensamiento, sobre nuestros allegados, después sobre personas que nos son indiferentes y, por último, sobre las personas a las que debemos perdonar.

«Que todos los seres sensibles en las diez direcciones del espacio estén libres de enemistad. Que estén libres de malevolencia, que se vean libres del sufrimiento. Que sean felices: al Norte, al Sur, al Este, al Oeste, al Noroeste, al Sureste, al Noreste, al Suroeste, arriba y abajo».[13] Ampliamos, extendemos y hacemos irradiar progresivamente esta benevolencia, transformando así nuestro universo exterior e interior.

El barómetro de la felicidad

Del mismo modo que las pequeñas violencias de cada día alimentan las grandes violencias planetarias, la no violencia individual activa ilustra el adagio: «Transformarse uno mismo para transformar mejor el mundo». Y en esta carrera de obstáculos surge una pregunta legítima: ¿nos hace felices nuestra mejora interior? El desapego, el perdón, la alegría y la risa, como sabemos, son beneficiosos para la salud, y todos los que son felices de forma duradera lo son por haber buscado la felicidad de los demás.

Terminaré, pues, como una promesa hecha por todos los seres de buena voluntad, con este extracto de La Doctrine de l’Aumisme:

«La única Vía que importa

y la única que conduce a la serenidad

es la del COMBATIENTE MEDITANTE

y del MEDITANTE COMBATIENTE.

Amemos a todos nuestros semejantes,

a todas las criaturas visibles e invisibles,

y pidamos a lo Divino que nos ayude a SERVIR a nuestros hermanos en humanidad,

así como a toda la naturaleza.

Oremos a menudo,

amemos mucho, sin esperar nada a cambio.

Demos de nuestro Corazón y de nosotros mismos con generosidad,

a fin de contribuir a esta obra alquímica que concierne al devenir de todos los seres».[14]

V. Sumedhya

*******

[1] Le Yoga de l’Amour dans la Force, p. 39, Albin Michel.

[2] Ibid., p. 40.

[3] La Loi d’Évolution des Âmes, p. 427.

[4] Ibid., pp. 414-445.

[5] Vers un Âge d’Or d’Unité, p. 178.

[6] La Doctrine de l’Aumisme, p. 113.

[7] La Révolution du Monde des Vivants et des Morts, p. 249.

[8] Hannah Arendt, Nature du totalitarisme, Payot, 1990.

[9] Jean-Paul Sartre, comentario en la grabación de Huis clos (A puerta cerrada), 1964.

[10] Le Yoga de la Vie pratique, p. 218, Albin Michel.

[11] Le Flambeau d’Unité, p. 455.

[12] Une Loi pour détruire le Mal, p. 193.

[13] Le Yoga de l’Amour dans la Force, p. 59, Albin Michel.

[14] La Doctrine de l’Aumisme, p. 313.

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