COLOQUIOS
CONFERENCIA
N.º 3 – CONSTRUIR JUNTOS UNA SOCIEDAD DE LA EDAD DE ORO
CONSTRUIR JUNTOS UNA SOCIEDAD DE LA EDAD DE ORO
Construir juntos la sociedad de la nueva Edad es lograr colectivamente la sociedad del mañana, es lograr vivir juntos en la armonía y en el equilibrio. No es solo superar los intereses personales y partidistas, sino también reencontrar lo que nos une al Gran Todo, a lo Divino.
La Enseñanza de Su Santidad el Señor HAMSAH MANARAH recorre todas las facetas de la sociedad, arroja una luz nueva sobre numerosas nociones y propone un número considerable de vías que explorar para todas y todos los que desean un mundo armonioso.
Entonces, ¿cómo concebir la sociedad del mañana? Esperamos poder daros algunos elementos de respuesta a través de esta ponencia, que abordaremos en tres partes:
- La constatación del desequilibrio en la sociedad de hoy
- ¿Qué sociedad construir en la Edad de Oro?
- ¿Cómo avanzar hacia esta sociedad de la Edad de Oro?
1 – LA CONSTATACIÓN DEL DESEQUILIBRIO EN LA SOCIEDAD DE HOY
Los numerosos acontecimientos que jalonan la vida cotidiana de nuestra sociedad nos llevan a interrogarnos cada vez con más frecuencia y seriedad sobre nuestro porvenir, a plantearnos un sinfín de preguntas, entre las que puede estar esta: ¿cómo salir del sufrimiento? No podemos seguir así; las grietas se han convertido en «fracturas» cada vez más difíciles de reparar. En efecto, hoy ya no se puede encender la televisión, conectarse a internet o abrir un periódico sin que la realidad nos alcance. Vivimos en un mundo ultramoderno y ultratecnológico, pero hay que reconocer que el Hombre se comporta todavía con demasiada frecuencia como un primitivo, como si no conociera las consecuencias previsibles de sus actos y decisiones en su futuro más o menos inmediato. Llegamos así a constatar:
Una enorme disparidad de situaciones entre los pueblos, y ello en varios niveles:
- enormes desigualdades de acceso a los recursos (agua, riquezas naturales…): 1.000 millones de habitantes de la Tierra no tienen acceso al agua potable, y 2.000 millones no tienen acceso al saneamiento.
- enormes desigualdades de acceso al saber, a la instrucción y a la salud
- un desequilibrio permanente entre el «demasiado» y el «demasiado poco».
Según la clasificación de la revista estadounidense Forbes, el mundo nunca ha contado con tantos milmillonarios: eran 1.426 en 2013, 200 más que el año anterior, un récord absoluto en treinta años. En conjunto, estos ultrarricos sumaban 5,4 billones de dólares (frente a 4,6 billones un año antes). Asimismo, el 46 % del patrimonio mundial está en manos del 1 % de los hogares.
Una ciencia que no siempre está al servicio de la humanidad: se practican numerosas manipulaciones genéticas, como la de las ovejas fluorescentes creadas por un laboratorio uruguayo, ciertamente anecdótica pero reveladora, so capa de medicina pero sobre todo por evidentes razones económicas y mercantiles.
La opresión de los reinos de la Naturaleza por parte del ser humano y las guerras perpetradas en la superficie del globo: están íntimamente ligadas.
- las guerras, precisamente, con esta dolorosa constatación: desde el comienzo del tercer milenio, el mundo ha sido testigo de más de 35 conflictos importantes y de unas 2.500 catástrofes. Más de 2.000 millones de personas se han visto afectadas y millones han perdido desgraciadamente la vida. Estos trágicos acontecimientos no solo destruyen infraestructuras, provocan desplazamientos de población y debilitan fundamentalmente la seguridad de los seres humanos, sino que agravan también la pobreza y desgarran el tejido del desarrollo sostenible, establecido ya con muchas dificultades.
Lo habéis comprendido: el mundo de hoy funciona mucho más a menudo en modo «curativo» que «preventivo». La sociedad actual prefiere decirse que siempre tendrá los medios para gestionar incluso las situaciones más delicadas, en particular gracias a la ciencia y a sus progresos, antes que anticiparse (las emisiones de CO2 en constante aumento y sus consecuencias a largo plazo sobre el clima planetario y la subida de los océanos son el ejemplo perfecto). Pese a ello, existen afortunadamente «buenas voluntades» y actores positivos, miles de hombres y mujeres de todas las sociedades del globo cuya acción diaria tiende a reequilibrar el mundo. En efecto, pueden citarse las numerosas organizaciones no gubernamentales, las diversas asociaciones y otras estructuras locales o internacionales que obran por un mundo mejor. Tranquilizaos: presentar las cosas de este modo no pretende ensombrecer los debates ni caer en el catastrofismo. Su Santidad el Señor HAMSAH MANARAH es el primero en desear una revolución de las conciencias, un replanteamiento saludable por el bien de todos. Porque hay, en efecto, necesidad de cambiar.
2 – ¿QUÉ SOCIEDAD CONSTRUIR EN LA EDAD DE ORO?
¿Cómo podríamos concebir la humanidad de la Era nueva? Intentemos por un instante hacer de ella una realidad, no idealista ni utópica, sino bien concreta. El Señor indica: «Un humanismo nuevo, que conjure toda catástrofe y digno del porvenir radiante de este mundo en devenir, favorecerá el despertar de las fuerzas de cohesión del alma, cuyas consecuencias repercutirán en la felicidad de la humanidad entera.»[1] Se trata, pues, de la felicidad de cada ser humano. Ello pasa por un trabajo a escala del individuo que repercute indefectiblemente en el grupo. La solución aumista está a disposición de todos. A todos nos concierne, creyentes o no. Se trata de construir y propagar el ideal de la Edad de Oro. Para ello es necesario replantearse las relaciones con los demás y con el entorno.
La sociedad de la Edad de Oro solo puede ser una sociedad de justicia, una sociedad de solidaridad.
Un mundo que se distingue por su justicia social y económica, un mundo en el que compartir es la palabra clave. El sentido del interés general recupera su nobleza. Un mundo en el que el consumo está controlado: las personas más pobres pueden satisfacer sus necesidades básicas. Los consumidores tienen en cuenta las cuestiones medioambientales y sociales, además del precio, la comodidad y la calidad, en sus decisiones de consumo. Hay que consumir para vivir. Pero ¿por qué no reorientar así progresivamente nuestra manera de ver y de entender las cosas?
Del mismo modo, la noción de beneficio debe reformarse y sublimarse, aunque solo sea en el plano moral. El ahorro prevalece sobre la economía en general: la sociedad de la Edad de Oro utiliza eficazmente los recursos, con un consumo y una producción sostenibles tanto en los países desarrollados como en los países en desarrollo. Favorecer la solidaridad con todo lo que vive en la Tierra se convierte en la base, en el referente de nuestras acciones.
La sociedad de la Edad de Oro solo puede ser una sociedad del respeto, en la que prevalece la unidad en el respeto de las diferencias.
«La unidad no es el aplastamiento de los contrarios, sino su reconciliación, su unificación en un mismo conjunto solidario y fraterno.»[2] La tolerancia religiosa ya no es una palabra vacía; ya no existe ni racismo, ni sexismo, ni desprecio del medio ambiente. Así, el ciudadano de la Edad de Oro «ama fielmente a su país y se esfuerza por ser un ciudadano concienzudo, preocupado por aumentar su valor moral, intelectual y espiritual y su eficiencia. Pero no olvida que es un ciudadano del mundo y del universo»,[3] nos recuerda el Señor HAMSAH MANARAH.
La sociedad de la Edad de Oro expresa su dimensión espiritual: la espiritualidad ya no está oculta ni es vergonzosa, porque se ha comprendido que es indispensable para la buena marcha del planeta. El objetivo es llevar la Tierra juntos, colectivamente, cada uno mediante su trabajo, su actitud y su comportamiento en la vida cotidiana, a su escala y en función de su modo de vida, hacia una conciencia colectiva de la Edad de Oro. «Es, pues, a una unidad negociada de las naciones a lo que hay que llegar, y cuando el milagro se haya cumplido, entonces, os lo digo, el universo mental de la Tierra habrá cambiado, porque se habrá puesto en conformidad con las Leyes de la Edad de Oro.»[4]
3 – ¿CÓMO AVANZAR HACIA ESTA SOCIEDAD DE LA EDAD DE ORO?
La ayuda que podemos aportar a la humanidad puede revestir varias formas. Puede materializarse ante todo en forma de acciones concretas llevadas a cabo en el seno de la sociedad. Es una ayuda material directa que alivia el sufrimiento y las miserias y mejora el bienestar social. No obstante, el «cómo» no se reduce a la acción sola, aunque esté animada por las intenciones más humanistas. El Señor HAMSAH MANARAH indica la necesidad, en una sociedad de la Era nueva, de devolver a la espiritualidad el lugar que le corresponde. No hay oposición entre vida profana y vida espiritual, entre acción y oración: hay, de hecho, complementariedad. Son las distintas piezas de un mismo rompecabezas: todas tienen una forma diferente pero, al final, ensambladas con acierto, forman un conjunto armonioso y coherente.
«Mis posiciones son claras, dice Su Santidad el Señor HAMSAH MANARAH; incitan a todos a trascender el egoísmo y a ayudar a su prójimo mediante la oración, pero también de forma concreta.»[5] Lo hemos visto: construir de forma duradera la Edad de Oro debe concretarse en la solidaridad con la naturaleza y con nuestros hermanos humanos.
La oración y la acción
Asociar oración y acción es una idea fuerza del Aumismo. La oración es una herramienta al alcance de todos. La oración por nuestros hermanos humanos y por los demás reinos de la naturaleza es un acto de solidaridad espiritual: «Cada uno de nosotros, dice Su Santidad el Señor HAMSAH MANARAH, debe ser un redentor para los reinos de la naturaleza y compartir la esencia de nuestras oraciones de amor con los espíritus de los minerales, de los vegetales, de los animales y de los demás humanos.»[6] La Edad de Oro, interior y exterior, se establece tanto por la oración como por la acción: la humanidad, como toda la Pirámide evolutiva, espera que se compartan las oraciones y una acción constante para aliviar sus sufrimientos. En la oración como en la acción hay que desarrollar el sentido del interés colectivo, superando progresivamente el simple beneficio personal.
En particular, no dudemos en orar por nuestros dirigentes y nuestros políticos, en Francia pero también en el mundo entero.
«Habría que invitar a todos los humanos, creyentes y no creyentes, a orientar pensamientos de benevolencia hacia los jefes de Estado, los pueblos y las naciones, a fin de preparar un porvenir de armonía social y de paz.»[7]
Conviene, naturalmente, hablar del sonido OM. Como este tema se abordará en detalle mañana, diré simplemente que el Sonido OM acelera la evolución de todos los seres vivos. Representa «el arca de la alianza entre el hombre y la naturaleza», el punto de equilibrio de la creación entera. Creyentes y no creyentes deben unirse en torno a esta oración de Evolución que hace remontar todo lo que vive hacia DIOS.
Para terminar, entre las innumerables vías que se pueden seguir para avanzar hacia esta sociedad de la Era Nueva, me gustaría abordar la educación de los niños (y de los padres), porque este aspecto constituye sin duda una de las claves principales de los grandes logros de nuestras sociedades del mañana.
La educación
¿Cómo preparar a los niños para que se conviertan en ciudadanos de la Edad de Oro? Swami Sivananda decía: «Los niños son los constructores del mañana. Son los futuros ciudadanos. Son el destino de la nación. Educadlos, disciplinadlos y moldeadlos bien». Así pues, muy claramente, se dirige con ello a los instructores que somos los padres. Unos padres a los que será muy oportuno «formar» o, al menos, sensibilizar ante ciertas realidades. Se dice a menudo que ser padre o madre es un oficio difícil que no se aprende. Ciertamente, no hay escuela de padres como tal, pero el Aumismo propone a los padres una especie de «formación», sin pretender por ello resolver todos los problemas de comportamiento individuales y colectivos. Es importante facilitar la tarea de los futuros adultos en el mundo del mañana. El desarrollo completo del niño reviste en el Aumismo muchos aspectos diferentes, tanto en el plano físico como en el intelectual, el psicológico y el espiritual.
Citaremos, pues, algunos ejemplos:
– Desarrollar el equilibrio entre cuerpo y espíritu: en el niño pequeño, el desarrollo físico puede lograrse mediante la práctica de la gimnasia, que desarrollará en él la coordinación de los gestos, la atención y el equilibrio. Más tarde podrá reforzar su concentración y su dominio de sí mismo gracias a la práctica de un arte marcial. Procuremos también darle una alimentación sana y equilibrada, evitándole, si es posible, un consumo excesivo de proteínas animales.
– Respetar todo lo que vive en la Tierra, empezando por él mismo, sus padres, sus vecinos, el género humano y los reinos de la Naturaleza. El Aumismo no es el único en insistir en este punto, puesto que el artículo 10 de la Declaración Universal de los Derechos del Animal dice: «La educación y la instrucción pública deben conducir al hombre, desde su infancia, a observar, comprender y respetar a los animales».
– Aprender a desarrollar el espíritu crítico, a cultivar el gusto por las cosas bellas y, por último, a abrirse al mundo. Ser a la vez ciudadano de su país y ciudadano del mundo contribuye a la verdadera felicidad.
CONCLUSIÓN
El camino será largo para pasar de una sociedad como la que vivimos hoy a una sociedad más coherente y fraterna. El Señor compara la sociedad humana con «un montón de arcilla que hay que saber modelar y remodelar juntos hasta hacer de él un recipiente de Luz, una fuente de agua viva para las generaciones venideras».[8]
La religión aumista está destinada a aportar un mensaje de optimismo y afirma muy claramente que lo mejor es posible. Uno de los objetivos de los coloquios y encuentros que propone es recordar con regularidad este mensaje de lo posible, del bienestar y de la felicidad, y mostrar el camino (o los caminos) que hay que seguir para lograrlo.
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[1] Naturopathie et Yoga, p. 225.
[2] La Révolution du monde des vivants et des morts, p. 506.
[3] Yoga de la vie pratique, p. 279.
[4] La Révolution du monde des vivants et des morts, p. 444.
[5] Une Loi pour détruire le mal, p. 85.
[6] Vers un Âge d’Or d’Unité, p. 259.
[7] Le Yoga de l’Amour dans la force, p. 302.
[8] Une Loi pour détruire le mal, p. 425.

