COLOQUIOS
CONFERENCIA
N.º 3 – EN LA TIERRA, UNA PRIORIDAD: LA RECONCILIACIÓN
N.º 3 – EN LA TIERRA, UNA PRIORIDAD: LA RECONCILIACIÓN
La oleada de violencia en el mundo actual muestra la urgencia de un cambio de mentalidad, porque si la violencia responde a la violencia y el odio responde al odio, el resultado es la autodestrucción del planeta.
En la religión aumista, la reconciliación entre los seres humanos, el retorno a la unidad, está en el fundamento del cambio que debe devolver la paz. El ejemplo de la compasión de Su Santidad el Señor HAMSAH MANARAH y Su Enseñanza nos muestran la vía de la Unidad en el respeto de las diferencias. Él vino a la Tierra para ayudarnos a liberarnos de los sufrimientos que nosotros mismos alimentamos con nuestras divisiones. Vino para dar a cada uno los medios de acoger y restaurar la paz en sí mismo y a su alrededor, crea o no en la existencia de Dios o de una vida después de la vida.
«Aceptad al otro en su diferencia, dice Él, porque la unidad no es aplastar a quienes no piensan como vosotros, sino la reconciliación de todos los que piensan de manera diferente, uniendo al mismo tiempo sus esfuerzos por un mundo mejor.»[1]
A lo largo de esta ponencia, esta reconciliación necesaria se desarrollará en torno a tres polos:
I – La reconciliación entre creyentes y ateos.
II – La reconciliación entre los creyentes de las distintas religiones.
III – La reconciliación en el plano interpersonal.
I – LA RECONCILIACIÓN ENTRE CREYENTES Y ATEOS
En una sociedad que multiplica las divisiones, algunos tienden a oponer a ateos y creyentes de forma caricaturesca.
Pero, retomando el pensamiento del académico y filósofo Jean-Luc Marion:
«La noción de ateísmo es una noción relativa. Siempre se es ateo de una determinada concepción de Dios. Todo el mundo es ateo. Se puede decir que los creyentes son ateos de las representaciones de DIOS que no les convienen. Alguien que se dice ateo puede ser considerado ateo con una condición: es ateo de tal o cual representación de Dios, porque piensa que las representaciones de Dios no son correctas. Por tanto, es provisionalmente ateo. Y los creyentes son igualmente ateos de forma parcial.»
Trabajar por la reconciliación es considerar lo que acerca a los seres humanos, sean quienes sean.
Buscar el sentido de la vida concierne a todos los seres humanos
El individuo rara vez se interroga sobre sus creencias, y no solo sobre sus creencias religiosas. Sin embargo, cada uno podría plantearse muchas preguntas: ¿en qué momento decidí creer lo que creo? ¿Debo juzgar a una persona por sus creencias o por sus actos? El ser humano, en todas las latitudes, manifiesta la necesidad fundamental de pensar que las cosas tienen un sentido. Descubrir un sentido a la propia vida no es un lujo, un accesorio del hombre moderno en el mundo; es una necesidad existencial fundamental. Todos los seres tienen inquietudes espirituales, en la medida en que todos intentan comprender el sentido de su vida y encontrar su lugar en el mundo.
Estas preguntas fundamentales conciernen a la condición humana:
«¿Quién soy?
¿Existí antes de esta vida?
¿Qué será de mí después de mi muerte?
¿Qué he venido a hacer a esta Tierra?…»
En cada uno encontramos la pregunta ineludible de la muerte y del más allá. Las respuestas son diferentes, pero, sean cuales sean, podemos considerarnos como los dedos de una sola mano, como las ramas de un mismo tronco, dirigidos hacia la misma Meta: una felicidad duradera, un mundo de Paz y de Fraternidad, respetuoso con el planeta y con quienes lo habitan.
Desarrollar más amor concierne a todos los seres humanos
Desarrollar más amor puede reconciliar a los hombres y mujeres de buena voluntad de todas partes. Es un deber para todos los habitantes de la Tierra: «Tienes derecho a negar la existencia de Dios, pero tienes el deber de transformarte, de mejorarte para la felicidad del mundo»,[2] nos dice el Señor HAMSAH MANARAH.
Se trata de desear que todos los seres sean felices y de actuar en ese sentido. No por obligación moral o por deber, sino por una comprensión justa y real de que cada uno es inseparable del otro, sea quien sea. No hay que excluir ni al religioso ni al laico. Este amor implica también empezar por aceptarse a uno mismo. Y aquí, de nuevo, aunque el mensaje ya se haya oído, cuando Jesús enseñaba «Ama a tu prójimo como a ti mismo», enseñaba una evidencia que se dirige a todos. ¿Cómo se puede amar al prójimo si uno se detesta a sí mismo? ¿Cómo proyectar en los demás lo que no se siente en uno mismo?
Además, este amor no concierne solo a los seres humanos, sino a todos los seres sensibles, lo que incluye los reinos de la naturaleza: nuestro futuro está evidentemente ligado al de los minerales, los vegetales y los animales, pero también al de la tierra, el agua, el sol y el aire. Y ello, sean cuales sean nuestras creencias. Este punto tan importante de la reconciliación con la naturaleza se abordará mañana en otra ponencia.
En el Aumismo, el respeto de lo Divino presente en cada uno implica el respeto de las diferencias, el sentimiento de unidad y la necesidad de orar y de trabajar por la reconciliación de los pueblos. Pero quienes, sin creer en Dios, creen en el ser humano y en unos valores humanistas trabajan también en el sentido del respeto mutuo y de la fraternidad. Expresar juntos y con fuerza pensamientos de amor hacia todos los seres es una contribución a la paz en el mundo al alcance de todos, y nadie tiene el monopolio del siguiente deseo:
«Que todos los seres sensibles en las diez direcciones del espacio estén libres de enemistad. Que estén libres de malevolencia, que se vean libres del sufrimiento. Que sean felices: al Norte, al Sur, al Este, al Oeste, al Noroeste, al Sureste, al Noreste, al Suroeste, arriba y abajo.»[3]
II – LA RECONCILIACIÓN ENTRE CREYENTES DE LAS DISTINTAS RELIGIONES
Jean-Yves Leloup, escritor, teólogo y sacerdote ortodoxo, escribió una obra titulada Deux maladies des yeux : athéisme et religion («Dos enfermedades de los ojos: ateísmo y religión»). Nos dice: «Ateo significa literalmente “sin visión”, lo que se considera una enfermedad. El ateo solo ve lo visible, pero no lo invisible. La luz del día no se ve, pero es lo que permite ver todas las cosas. Por otro lado, decir “Dios es esto, Dios es aquello” es también una enfermedad de la vista: es idolatría.»
Para el Aumismo se trata, pues, de devolver a la religión su vocación primera, que es religar. Su fundamento es «la Unidad de los Rostros de Dios», que reconcilia a todos los creyentes sinceros.
El Principio de reconciliación: la Unidad de los Rostros de Dios
Su Santidad el Señor HAMSAH MANARAH nos dice también: «Dios es Uno; son los hombres quienes lo dividen, los pueblos quienes lo fraccionan, las religiones quienes se hacen la guerra en Su Nombre.»[4]
Leemos en la Bhagavad Gita: «Sea cual sea el Nombre con que se Me designe, permanezco el mismo.» Grandes Sabios como Ramakrishna y Vivekananda enseñaron la Unidad divina. Debemos pensar más en términos de Energía Única, movida por una Conciencia trascendente, que se manifiesta a la vez a través de la Forma y fuera de toda forma. Y si Dios, al encarnarse, adopta múltiples Rostros, es para comunicar a los seres humanos, en distintas épocas y en distintos países, Su Mensaje de Amor y de Sabiduría. Las religiones emanan de la misma fuente; son distintos caminos que conducen al Absoluto. Salir de la ignorancia, estudiar sus Enseñanzas y dialogar ayuda a descubrir su Unidad. Hay que hacer todo lo posible por eliminar el sectarismo y el fanatismo, causas de tanta violencia, a fin de reconciliar las religiones.
«¿Cómo puede un religioso sincero, sea cual sea su doctrina, amar a Dios si en su corazón odia a su hermano judío, a su hermano musulmán o hindú?»[5]
Más que nunca, el llamamiento del Aumismo a la reconciliación de las religiones es de actualidad. Su Fundador escribe: «Judíos, cristianos, musulmanes, hindúes, budistas, amarillos, blancos, negros, amaos los unos a los otros. No matéis nunca a vuestros hermanos en nombre de Dios.»[6]
El símbolo de la Unidad: el monasterio del Mandarom
Para este acercamiento de las religiones, de los pueblos y de las naciones, para la cristalización de la Unidad de los Rostros de Dios en la Tierra, se han erigido en la Ciudad Santa de Mandarom Shambhasalem estatuas y templos relacionados con las distintas religiones.
«Deseamos, dice Su Santidad el Señor HAMSAH MANARAH, que cada uno, al venir a nosotros, encuentre, según su tendencia profunda, el aspecto del Absoluto venerado, el símbolo abstracto que más hable a su corazón.»[7]
En la Ciudad Santa se puede ver la Hexamida, símbolo de la unidad de las religiones. Es una pirámide de seis aristas con los colores del arco iris, cada uno de los cuales representa una corriente religiosa. Cada uno de estos colores, cada una de estas religiones, se fusiona en un mismo principio de Unidad, en la luz blanca del OM, el Verbo creador, el primer Nombre de Dios, que es la oración de la reconciliación y de la Unidad.
Y porque el ser humano necesita símbolos, porque hacía falta un símbolo de Oriente conocido en el mundo entero y un símbolo de Occidente conocido por toda la humanidad, esta reconciliación se cristaliza en el Mandarom en dos estatuas situadas frente a frente: la de CRISTO y la de BUDA. Marcan la Unión de Oriente y Occidente, del Amor y de la Sabiduría.
«La mirada de Cristo fusionada con la de Buda es el símbolo de la tolerancia y del acercamiento de los pueblos»,[8] nos dice el Señor HAMSAH MANARAH.
Por último, según Su voluntad, los aumistas trabajan en una realización arquitectónica y espiritual de importancia capital: la construcción del Templo Pirámide de la Unidad de los Rostros de DIOS. Como indica su nombre, su arquitectura se caracteriza por una pirámide de cristal situada en lo alto del edificio, en el que estarán representadas todas las religiones. Allí serán acogidos, sin discriminación de raza ni de confesión, todos los seres humanos que deseen recogerse.
Este Templo de la Unidad, verdadero talismán para el Planeta, será garante de una mayor tolerancia entre los pueblos y las religiones, pero simbolizará también la armonía recuperada entre el ser humano y la naturaleza. Este Templo Pirámide materializará el Ideal de Unidad y de Paz y expresará el noble ideal de una humanidad reconciliada en torno a Dios presente en todos y en cada uno. Todo hombre o mujer de buena voluntad puede contribuir a esta realización.
III – LA RECONCILIACIÓN EN EL PLANO PERSONAL
A menudo se habla de la contaminación del aire, del agua, de la tierra, pero muy poco de la de los pensamientos y de la mente. Las ilusiones y las limitaciones que todavía existen en nuestros pensamientos representan una verdadera contaminación que nos concierne a cada uno de nosotros, creyentes o no creyentes. Nuestras palabras y nuestros actos son la consecuencia de nuestros pensamientos conscientes e inconscientes; por eso es importante mantener en nosotros un estado mental positivo, de amor, de alegría, de perdón de las ofensas, de tolerancia y de benevolencia. Cada uno de nosotros siente aquí la dificultad de este objetivo, y el Señor HAMSAH MANARAH nos invita: «Debéis educaros para reaccionar positivamente, para deshacer, con una bendición, la flecha envenenada de la acción mental de odio.»[9]
Un primer paso hacia la reconciliación: el perdón a uno mismo
Una de las claves fundamentales de las que hablan todas las religiones es el perdón, aunque pocas insistan en el perdón a uno mismo. «La serenidad se conquista primero en uno mismo, antes de querer ver a los demás ya serenos, llenos de paz.»[10] Sean cuales sean nuestras creencias, no se puede construir nada sólido, duradero y enriquecedor sobre cimientos de rencor y de culpabilidad. Sencillamente porque, si no nos reconciliamos con nosotros mismos, permanecemos impermeables a toda manifestación de amor y ciegos a toda expresión de sabiduría. El perdón a uno mismo, cultivado con regularidad, nos permite avanzar, atrevernos a equivocarnos, volver a empezar, intentarlo de nuevo y permitir al otro hacer lo mismo.
El primer paso, nos dice el Señor, es el perdón a uno mismo para evitar la autopunición, sin olvidar nunca evolucionar: «No pidáis a DIOS que tenga piedad de vosotros, sino tened sencillamente piedad de vosotros mismos.»[11]
El perdón, al aliviar la conciencia, nos da la energía y la libertad, y por tanto el deber, de transformarnos, de ponernos de nuevo en camino evitando volver a caer siempre en los mismos defectos.
El segundo paso hacia la reconciliación: el perdón a los demás
Nuestra capacidad de evolución está directamente ligada a nuestra capacidad de perdón. El perdón nos concede la alegría de vernos libres de las oposiciones entre personas, de las oposiciones amigo-enemigo, de las dualidades interiores, aunque no creamos en Dios. Evita el engranaje de la venganza y del odio, que bloquea toda posibilidad de cambio.
El segundo paso es volverse hacia quienes nos han hecho daño, quienes más daño nos han hecho, diciéndoles: «Te perdono todo el mal cometido. Que la Luz esté en tu mente y el Amor Divino en tu corazón.»[12] Solo importa esta actitud mental de reconciliación, prestando atención a los efectos que genera. Y para quien busca a Dios, perdonarse a uno mismo es reconciliarse con su Dios interior. Perdonar al otro es reconocer que Dios está en él.
El Señor Hamsah Manarah escribe: «Ama a tu prójimo como a ti mismo, ama al Dios que está en ti, y pasarás del amor egoísta al Amor Divino, para la felicidad de tu Dios interior.»[13] Ya no se trata de intentar reparar las propias faltas o castigar las de los demás permaneciendo vueltos hacia el pasado. Se trata de servir al proyecto divino. Un proyecto a la vez idéntico para todos, en cuanto proyecto de amor, y al mismo tiempo personalizado. Es un proyecto resueltamente orientado hacia el futuro, un proyecto liberador porque es desinteresado. Pero, como todos los proyectos, requiere voluntad, continuidad en la voluntad, perseverancia, esfuerzos, paciencia y fe en su éxito.
Por último, porque es el Amor el que permite el perdón, el Amor el que permite todas las reconciliaciones, y porque el Amor se educa, se desarrolla y florece si se lo alimenta, que esta prescripción de Su Santidad el Señor HAMSAH MANARAH para abrir el corazón de todos sea nuestra conclusión:
«Estoy en unidad con el SEÑOR DIOS TODO AMOR, presente en mí y en cada uno.
Amo a mis padres como a mí mismo y les deseo toda la felicidad del mundo.
Amo a mis enemigos como a mí mismo y les deseo toda la felicidad del mundo.
Amo a todos los hombres y mujeres de la Tierra como a mí mismo y deseo a cada uno toda la felicidad del mundo.
Desarrollo cada vez más la poderosa fuerza del Amor por el mundo entero.
Hoy es el día del amor, del compartir y de la reconciliación con mi prójimo.
Estoy en Unidad con el SEÑOR DIOS TODO AMOR, que derrama Sus bendiciones sobre el Universo entero.»[14]
*******
[1] Une Loi pour détruire le Mal, p. 427.
[2] L’Unité des Visages de Dieu, p. 389.
[3] Le Yoga de l’Amour dans la Force, p. 59.
[4] La Loi d’Évolution des Âmes, p. 473.
[5] Le Flambeau d’Unité, p. 67.
[6] Yoga et Sagesse, p. 283.
[7] Mémoires d’un Yogi, p. 308.
[8] L’Unité des Visages de DIEU, p. 96.
[9] Vers un Âge d’Or d’Unité, p. 184.
[10] Une Loi pour détruire le Mal, p. 13.
[11] La Doctrine de l’Aumisme, p. 113.
[12] Vers un Âge d’Or d’Unité, pp. 177-178.
[13] Le Flambeau d’Unité, p. 344.
[14] Vers un Âge d’Or d’Unité, p. 153.

