COLOQUIOS
CONFERENCIA
N.º 5 – EL AUMISMO Y EL RESPETO DE LA PERSONA HUMANA
EL AUMISMO Y EL RESPETO DE LA PERSONA HUMANA
De los Derechos Humanos a las Leyes Divinas: del Respeto a la Compasión
Esta conferencia dedicada al respeto de la persona humana consta de tres partes:
- el respeto de la libertad de pensamiento y de conciencia;
- el respeto de la persona sin distinción de raza, de clase ni de sexo;
- el respeto de las Leyes Divinas: del respeto a la compasión.
En la última parte insistiremos en el respeto de las Leyes divinas reveladas por Su Santidad el Señor HAMSAH MANARAH para guiar a la Humanidad por el camino de la evolución que conduce del Respeto a la Compasión.
I. El respeto de la libertad de pensamiento y de conciencia
El respeto es uno de los temas del Aumismo en el sentido de que se deriva de otras cualidades o sentimientos, como el Amor, el sentimiento de unidad con todo lo que vive, el conocimiento de uno mismo y también la humildad. El respeto tiene varios niveles. Como valor moral, concierne a todo el mundo y es necesario para la paz social, con independencia del sentimiento de unidad. Por otra parte, alcanza su grado más alto, que es espiritual, con el sentimiento de unidad. No se puede respetar a los demás si uno no se respeta a sí mismo, si no respeta la chispa Divina que está en nosotros y en cada uno de nosotros. No se puede respetar a los demás si no se respeta el propio cuerpo, que es el Templo de Dios, infinitamente precioso.
¿Cómo respetar a los demás mientras no hayamos comprendido que todos somos innumerables células del cuerpo de Dios, totalmente interdependientes e indispensables unas para otras? Un sabio indio dijo: «¡No voy a arrancarme los dientes porque me hayan mordido la lengua!»
El sentimiento de unidad con todos los seres humanos, con todos los animales, con todos los vegetales y los minerales conduce forzosamente al respeto del otro en cada momento de nuestra vida. Si no respetamos a los demás en su manera de vivir, de creer y de orar, es porque los creemos diferentes de nosotros, ajenos a nosotros, pero es una ilusión. Más allá de nuestras diferencias aparentes, todos estamos constituidos por los mismos átomos, las mismas moléculas y los mismos componentes orgánicos; nuestro corazón late, la misma sangre corre por nuestras venas y tiene el mismo color para todos.
Todos tenemos un espíritu y un alma, todos nacemos de la misma manera y todos moriremos un día. Entre esos dos puntos hay una infinidad de formas, apariencias, rostros, cuerpos, paisajes, caminos de vida y experiencias a través de los cuales crecemos y evolucionamos.
El Aumismo es la religión de la Unidad de los Rostros de Dios. En efecto, como está escrito en la Bhagavad Gita, «sea cual sea el nombre que se le dé, Dios sigue siendo el mismo». El Aumismo tiene, pues, como base esta noción de respeto de la opinión del otro, el respeto de la representación del Dios del otro. Cristo, el Buda, Alá, Jehová o Krishna no son más que Rostros distintos que Dios ha mostrado a los hombres, cada uno adaptado a una cultura, a una civilización y a una época, pero la Energía Divina es la misma. Por eso, estudiar las diversas religiones y tradiciones de la tierra permite constatar hasta qué punto son semejantes en esencia y hasta qué punto se encuentran las mismas nociones en sus enseñanzas. Así, el hecho de que el 60% de los conflictos del planeta sean de carácter religioso, de que la sangre corra todos los días en nombre de DIOS y de que las religiones se enfrenten resulta aberrante a los ojos de quien las ha estudiado. Lejos de ser opuestas, las religiones son complementarias a través de sus diferencias aparentes.
Entonces, ¿cómo pueden cristianos, judíos, musulmanes, budistas o hindúes no respetarse mutuamente, cuando tienen la misma meta y, a través de doctrinas, oraciones, ritos y vestimentas diferentes, son hermanos?
Por eso el Aumismo respeta, estudia, comprende y ama todas las religiones, que son peldaños para remontarse hacia Dios, hacia la Divinidad presente en cada ser humano.
El respeto nace, pues, naturalmente del conocimiento, que conduce al sentimiento de unidad, el cual conduce a su vez a compartir con el otro, puesto que es mi semejante, forma parte de mi familia, de mi familia humana, de mi familia de seres vivos. Por eso respeto a los demás de forma natural, aunque sus oraciones estén en otra lengua, aunque su piel sea de otro color, aunque sus casas no tengan la misma arquitectura que la mía.
Y se ve claramente con ocasión de una catástrofe, un huracán, un terremoto o un tsunami: ocurra en nuestras costas o en la otra punta del mundo, sufrimos con las víctimas, nos identificamos con ellas, compadecemos (compasión significa etimológicamente «sufrir con»), y ello hace surgir la solidaridad. Queremos ayudarlas, enviarles socorro, darles de beber y de comer; son como nosotros, ¡y si nos sucediera a nosotros, nos gustaría que hicieran lo mismo por nosotros!
«No hagas a los demás lo que no quisieras que te hicieran» y «haz a los demás lo que quisieras que te hicieran»: ¿no es esta la base del respeto, presente en la Regla de Oro que se encuentra en todas las religiones y que ha pasado a la sabiduría popular, pero que tiene un gran alcance práctico?
En lugar de eso, los hombres quieren tener poder sobre los demás, quieren sacar provecho del trabajo de los demás, quieren que los demás tengan las mismas ideas que ellos y el mismo Rostro de Dios que ellos, quieren someter a sus semejantes y están dispuestos a matar sin vacilar a quienes no son como ellos en apariencia.
¡Qué ignorancia de las leyes del universo, cuando sabemos que nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestras acciones vuelven a nosotros con la misma seguridad con que una manzana madura se desprende de su rama y cae al suelo! Quien a hierro mata a hierro muere, pero si nos esforzamos por respetar a los demás, ellos también nos respetarán.
En este comienzo de la Edad de Oro, en este comienzo de un nuevo ciclo para la humanidad, las tomas de conciencia van a multiplicarse y a llevar al hombre a más amor por sus hermanos y hermanas humanos y por todo lo que vive y forma parte del ciclo de la naturaleza, y a un mayor conocimiento de sí mismo y, por tanto, de los demás.
En el frontón del Templo de Delfos estaba escrito «Conócete a ti mismo y conocerás a los dioses, a los hombres y el universo», y algo más tarde Sócrates decía:
«¿No es evidente, querido Jenofonte, que los hombres nunca son más felices que cuando se conocen a sí mismos, ni más desdichados que cuando se engañan sobre sí mismos?»
En efecto, quienes se conocen son conscientes de lo que les conviene y distinguen las cosas de las que son capaces y de las que no. Se limitan a hablar de lo que saben, buscan adquirir lo que les falta y se abstienen por humildad de lo que está por encima de sus capacidades; así evitan los errores y las faltas. Quienes no se conocen y se engañan sobre sí mismos están en la misma ignorancia con respecto a los demás hombres y a las cosas humanas en general.
El conocimiento de uno mismo parece ser, pues, la ciencia primera.
Más que nunca, el hombre necesita conocerse para que la civilización evolucione hacia más amor y respeto del otro. Más que nunca, el hombre debe comprender que es capaz de lo mejor, pero también de lo peor.
Lo mejor lo realiza en el respeto de las Leyes Divinas que nos enseñan las religiones, los textos sagrados, las filosofías, la moral y muy a menudo el sentido común popular nacido de la sabiduría milenaria.
Lo peor lo realiza en el desprecio de esas mismas Leyes, en la ignorancia de lo que es y de lo que son todos los humanos; lo peor lo realiza en el egoísmo desenfrenado y en el sentimiento de individualidad y de separatividad, que conducen directamente al poder mal empleado, a la dictadura, al despotismo, al sometimiento y, por tanto, a la falta de respeto hacia el otro, e incluso a su pura y simple negación.
Para un dictador, el otro no existe; no es más que un obstáculo para su sed de poder sobre su pueblo, que por fin le da la impresión de existir. Y por eso puede matar sin ningún respeto por la vida humana. El cuerpo humano, esa sublime creación divina que respira, se mueve, piensa, habla, canta y puede crear maravillas: no tiene ningún respeto por él. ¡Cabe preguntarse qué respeto puede tenerse a sí mismo ese déspota sediento de sangre! Por lo general acaba acribillado a balazos o torturado hasta la muerte, cosechando lo que ha sembrado según la ley de causa y efecto.
Los intolerantes, ya sean religiosos, racistas, políticos o intelectuales, hacen lo mismo con el espíritu y la conciencia humana: quieren gobernarlos, manipularlos y someterlos para que los demás no puedan pensar de otra manera que ellos. Para ellos solo hay un pensamiento, el suyo; una ideología, la suya; un solo Rostro de Dios, el suyo; y no quieren nada del resto ni lo respetan.
Lo contrario pondría en cuestión su poder, su fortuna y su supremacía; correrían el riesgo de perderlo todo. Pero, limitados por estar centrados en sí mismos o en su sola casta, no quieren adquirir el conocimiento de sí mismos, que sin embargo les aportaría más paz, serenidad y tranquilidad, y sobre todo un porvenir mejor. ¿No es la ignorancia y el miedo a lo desconocido lo que los vuelve tan intolerantes y agresivos?
En lo que tiene de mejor, el hombre ha promulgado leyes para que los hombres se respeten y se toleren, a falta de amarse.
La Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América, del 4 de julio de 1776, establece: «Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados; que cuando quiera que una forma de gobierno se haga destructora de estos principios, el pueblo tiene el derecho a reformarla o abolirla e instituir un nuevo gobierno…»
La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, adoptada en agosto de 1789, forma parte de la constitución francesa y rige el derecho francés. Se suele resumir con su artículo primero, «Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos», pero garantiza también la libertad individual, el derecho a la propiedad, a la seguridad y a la resistencia a la opresión, la libertad de prensa y la libertad de opinión y de conciencia, incluida la libertad de religión y de culto.
En lo que tiene de peor, el hombre no respeta estas leyes, las desvía e intenta volver atrás, hacia la intolerancia, el sometimiento, el despotismo y la falta de respeto por las libertades, los pensamientos y las creencias de los demás.
El Tribunal Europeo de Derechos Humanos se creó en 1959 para velar por el respeto del Convenio para la Protección de los Derechos Humanos y de las Libertades Fundamentales, llamado habitualmente Convenio Europeo de Derechos Humanos. Este convenio fue adoptado por el Consejo de Europa en 1950 y entró en vigor en 1953, tras haber sido ratificado por diez Estados.
Este texto jurídico internacional tiene por objeto proteger los derechos humanos y las libertades fundamentales permitiendo un control judicial del respeto de estos derechos individuales. Se remite a la Declaración Universal de Derechos Humanos, proclamada por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948, cuyo artículo 1 dice: «Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.» La declaración contiene 30 artículos y, al leerla, uno se da cuenta de que muy pocos se respetan.
Como ejemplo citaré solo el artículo 18, que nos concierne especialmente, puesto que hemos sufrido persecuciones durante más de 15 años a causa de nuestras creencias y de la religión aumista, que hemos elegido de acuerdo con nuestra conciencia.
Artículo 18
«Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia.»
Llevamos más de 20 años luchando por el derecho a existir y somos una prueba viviente de que este artículo es especialmente difícil de hacer respetar en Francia. Pero existir es insistir, y desde finales de 2009 hemos obtenido el estatuto de asociación cultual, y el Tribunal Europeo de Derechos Humanos ha aceptado examinar 2 de las 12 demandas que presentamos. ¡Todas las esperanzas de justicia nos están permitidas!
El profesor James Richardson, de la Universidad de Nevada en Reno, que ha estudiado nuestro caso, os hablará de ello en detalle dentro de un momento.
Para concluir esta parte, citaremos esta frase de Martin Luther King:
«Debemos aprender a vivir juntos como hermanos o pereceremos juntos como necios.»
II. El respeto de la persona sin distinción de raza, de clase, de cultura, de edad ni de sexo
En el Aumismo se preconiza el respeto de la persona sin ninguna distinción de raza, de clase, de cultura, de edad ni de sexo. Rico o pobre, joven o mayor, de cultura oriental u occidental, hombre o mujer, cada uno tiene su lugar, un verdadero lugar, en la religión aumista.
Un adagio dice: «Cada ser me es superior en algo; por eso aprendo de todos.»
Tal es el pensamiento de los aumistas, que ven a sus hermanos y hermanas humanos como seres singulares, merecedores del mayor respeto por lo que son, y de los que aprenden cada día un poco más. En el sendero espiritual, por ejemplo, no hay superioridad entre las almas de sexos opuestos. La religión del Aumismo da al hombre y a la mujer el mismo lugar, en un total respeto mutuo. Que se sea de sexo masculino o femenino importa poco: lo único que cuenta es la apertura de corazón, las oraciones y los esfuerzos realizados para acceder a la expresión de la propia divinidad. Las mujeres son iguales a los hombres y tienen las mismas responsabilidades que ellos.
En su obra L’Aumisme, la Doctrine de l’Âge d’Or, el Señor HAMSAH MANARAH escribe:
«Sois sucesivamente mujer, hombre, hombre, mujer, hombre.
Sabemos bien que hay mujeres masculinas
Y, en el sexo fuerte, hombres afeminados.
Existen también mujeres más a menudo lógicas
Que los hombres, que son en esto la excepción.
Algunos hombres nos asombran por su sensibilidad,
¡Mientras que algunas mujeres nos asustan por su dureza!
Entonces, ¿por qué luchar por una hipotética superioridad?»
En las páginas 228 y 229 de esta misma obra, L’Aumisme, la Doctrine de l’Âge d’Or, se puede leer:
«La noción de superioridad del hombre sobre la mujer pertenece íntegramente a la Edad de Hierro.
En la Edad de Oro, la mujer es esencialmente una energía dinamizadora que debe equilibrar el mundo, según un esquema quizá menos favorable al hombre, pero más orientado a la complementariedad entre las dos polaridades.
Cada mujer es una manifestación de la Energía Divina, la shakti, que refleja el poder creador de la realidad eterna. Maltratar a una mujer es un crimen contra la Madre Universal.»
El respeto de la mujer es, pues, un elemento importante de la religión del Aumismo, ya que las mujeres están llamadas en el marco de esta religión a las mismas funciones y a las mismas responsabilidades que los hombres: oraciones, meditaciones, sacramentos, acceso al sacerdocio (hay también mujeres obispas), etc. También sobre este respeto profundo entre los hombres y las mujeres se construirá un mundo fraterno de tolerancia y de paz.
En La Révolution du monde des vivants et des morts, en el capítulo 6, titulado «Hacia una verdadera unidad de los pueblos», el Señor Hamsah Manarah escribe:
«La tierra pertenece a todos y no es propiedad de nadie. Basta de fronteras, basta de barreras de lengua, de cultura, de civilización, de religión, de raza, de ideología… Los hombres, más allá de sus diferencias, deben saber unirse a la cabecera de su entorno, enfermo por estar sobreexplotado y contaminado. (…) Y no olvidemos que la verdadera unidad no es el aplastamiento de los contrarios, sino su reconciliación en el respeto de la especificidad cultural de cada uno.»
Del mismo modo, los niños tienen un lugar especial en la religión aumista, en el sentido de que a menudo nos enseñan sobre nosotros mismos. La posición reencarnacionista del Aumismo nos lleva a respetar a un niño, incluso de corta edad, que puede ser perfectamente un «alma vieja» en un cuerpo joven. A través de la multitud de vidas y experiencias vividas, ocurre que se percibe en un niño una sabiduría muy particular, extraordinaria en el sentido literal del término, que impone respeto y da indicaciones sobre la evolución del alma que habita ese cuerpo de niño. Por eso, respetar a los niños y estar atentos a sus palabras, sus actos, su camino y sus emociones forma parte integrante de la noción de respeto omnipresente en la religión del Aumismo. No se trata de «consentirle todo» a un niño caprichoso ni de considerar a cada niño un «niño rey», sino de considerar a cada niño una persona de pleno derecho, un alma en evolución cuya sabiduría, a veces superior a la de un adulto, obliga a mirarlo y a tratarlo con el mayor respeto, dándole al mismo tiempo la mejor educación posible.
Así, en el Aumismo el respeto se aplica a todos sin distinción de raza, de clase, de cultura, de religión, de edad ni de sexo.
III. El respeto de las Leyes Divinas: del Respeto a la Compasión
En las partes anteriores hemos abordado el respeto de la libertad de pensamiento y de conciencia y el respeto de la persona sin distinción de sexo ni de raza. En esta parte vamos a insistir en las Leyes Divinas, que están más allá de los Derechos Humanos y conducen a la humanidad del Respeto a la Compasión. Presentaremos dos leyes esenciales para la evolución de la humanidad hacia la Edad de Oro: la ley del compartir y la ley del contrato natural.
El respeto permite la cohesión social y armoniza la vida en las comunidades; sin embargo, no conduce necesariamente a los cambios necesarios para la evolución de la humanidad. Al contrario, el respeto va acompañado a menudo de conservadurismo. Hoy, la Enseñanza de Su Santidad el Señor HAMSAH MANARAH propone a los humanos una vía espiritual nueva: la de la oración en la acción, la de la comprensión y la voluntad de ayudar al otro, la de la compasión por todos los seres.
El respeto está muy a menudo ligado a un estatus social: se tiende a respetar más a un mayor que a un niño, a alguien que ha triunfado más que a una persona sin hogar, a alguien del propio entorno más que a un extranjero. Es, pues, esencial desarrollar la compasión, garante de una justicia equitativa: la compasión que lleva a amar a todos los seres, sea cual sea su clase, su raza o su edad. También es necesario comprender al otro para ayudarle eficazmente, pues demasiado a menudo queremos ayudar a los demás imponiendo nuestras ideas.
Por ejemplo, en el sistema mundial se respeta más la opinión de un experto del Norte que la de un experto del Sur; se piensa que los expertos del Norte saben más que los del Sur y se les respeta más. Y así se ha empujado a los países del Sur a seguir el desarrollo desenfrenado del Norte, llevando el planeta al borde de la asfixia.
Respetar, en el sentido estricto del diccionario, significa «tener consideración por alguien»:
- la consideración es necesaria, pero no suficiente para acabar con la miseria; compartir es esencial;
- la consideración es útil, pero el conocimiento de los desequilibrios planetarios es indispensable para tomar las decisiones correctas y actuar;
- tener consideración por los niños explotados está bien, pero hace falta más: hay que impedir todos los actos que envilecen a los niños.
Solo una revolución de las conciencias puede aportar una solución saludable y duradera. Esta revolución fue impulsada por Su Santidad el Señor HAMSAH MANARAH. La actualidad demuestra que está en marcha. Los acontecimientos que sufre nuestro planeta nos llevan cada vez más a cambiar de mentalidad. A medida que avanza esta evolución, las cartas de derechos se multiplican: después de los derechos humanos están los derechos de la mujer y del niño, los derechos de los animales, los derechos del Planeta, etc.
Las Leyes Divinas no establecen derechos, sino que presentan los esfuerzos que cada uno debe realizar para llegar a la perfección, y es porque cada uno realizará esos esfuerzos por lo que se respetarán los Derechos de todos. Para un desarrollo armónico del planeta y la instauración de la Edad de Oro en la tierra, Su Santidad el Señor HAMSAH MANARAH ha promulgado Leyes Divinas que el ser humano deseoso de evolucionar y de ver evolucionar su entorno debe respetar. En particular, para combatir la miseria está la Ley del compartir. En Le Monde del 27 de febrero de 2010 podemos leer este texto:
«Estamos construyendo un mundo de 9.000 millones de habitantes; debemos hacerlo vivible y armonioso. Es la preocupación de todas las colectividades humanas, tan fuerte como la de cada individuo por su familia», concluye Jean-Michel Severino, director general de la Agencia Francesa de Desarrollo (AFD). «El tiempo de la caridad ha terminado. Ha llegado el tiempo de las solidaridades rentables. Ese es el precio de la construcción de un futuro común.»
Compartir es la vía del intercambio en la solidaridad, que permite a cada uno conservar su dignidad. No hay uno que da y otro que recibe, sino dos personas que intercambian.
La 5.ª ley es la ley del COMPARTIR, extraída de La Loi d’Évolution des Âmes, página 316:
«Primer principio:
Compartirás tu saber, tus conocimientos y tus logros materiales y espirituales con tu prójimo.
Segundo principio:
Nunca serás como el avaro, sentado sobre su cofre del tesoro, dejando que el mundo muera de hambre o que las almas se suiciden de desesperación.
Tercer principio:
Pensarás en tu prójimo más que en ti mismo y le ayudarás a evolucionar, e incluso a superarte si puede.
Tal es la ley del compartir, que excluye todo egoísmo en cualquier nivel.
Compartir lo que se ha adquirido a fuerza de trabajo es indispensable, pues los tesoros acumulados en lo más hondo de las cavernas, sin depositario designado, pronto serán estériles para la humanidad.»
Cada vez se desarrollan más acciones innovadoras. No basta con dar dinero; es mejor vivir juntos, compartir las experiencias y crear juntos un mundo diferente, sin desdeñar, por supuesto, las ayudas internacionales ni las nuevas tecnologías, pero sobre todo dejando que las personas afectadas tomen las decisiones de acuerdo con su forma de vivir.
Algunos países han adoptado tasas sobre los billetes de avión o sobre las operaciones de cambio. Estas tasas generan sumas que se utilizan para el desarrollo, pero lo más importante es organizar proyectos que impliquen a socios del Norte y del Sur en el nivel de decisión y que permitan a los países del Sur adquirir su autonomía.
Antes de concluir, queremos presentar otra Ley Divina sobre el papel de los humanos como modelo para los reinos inferiores. Para reequilibrar el planeta, el hombre debe orar por los reinos inferiores y darles ejemplo; esto se expresa en la Ley del Contrato natural.
XI Ley de la Edad de Oro (La Loi d’Évolution des Âmes, página 328):
«Primer principio:
El hombre que se beneficia de la naturaleza deberá orar por la evolución de los espíritus inferiores, a cambio de los beneficios derramados cada día.
Segundo principio:
El hombre deberá abstenerse de desequilibrar la naturaleza, el clima y las especies minerales, vegetales y animales, so pena de ver temblar la tierra bajo sus pies.
Tercer principio:
El hombre deberá considerarse el Guía de los inferiores que envidian su posición de animal inteligente de dos patas.
Deberá dar buen ejemplo y no despreciarlos, renegar de ellos, insultarlos ni escarnecerlos jamás, ni siquiera con el pensamiento.
Así es, oh peregrino, como el respeto de este Contrato Natural entre el hombre y la naturaleza permitirá que esta gran reconciliación vea la luz y devuelva la paz a la Tierra y al Universo.»
En este momento, numerosas especies están amenazadas de extinción porque los humanos no tienen la noción del deber hacia la naturaleza; solo piensan en su derecho a obtener beneficios. Y lo lamentable es que una comisión internacional acaba de concederles el derecho a seguir destruyendo especies amenazadas. El pasado 12 de enero, el terremoto de Haití provocó la muerte de más de 300.000 personas. Todo el mundo se sintió concernido durante un mes y las ayudas afluyeron de toda la tierra; ahora, tres meses después, solo las organizaciones humanitarias siguen movilizadas sobre el terreno. ¿Hacen falta catástrofes para que todos nos sintamos concernidos por el sufrimiento ajeno? ¿No hay otra vía?
Hay que razonar en términos de deberes más que de derechos, exaltar nuestra alma para que evolucione hacia la perfección y dejar de pensar siempre en lo que podemos tener, para pensar más bien en lo que podemos dar y en lo que podemos compartir.
En esta ponencia hemos abordado sucesivamente:
- el respeto de la libertad de pensamiento y de conciencia;
- el respeto de la persona sin distinción de raza, de clase, de edad ni de sexo;
- el respeto de las Leyes Divinas, que iluminan el camino del Respeto a la Compasión.
El respeto es el primer paso de la Revolución de las conciencias estimulada por la Revelación del Mesías Cosmoplanetario hace veinte años.
Como discípulos de Su Santidad el Señor HAMSAH MANARAH, queremos expresar nuestra inmensa gratitud y nuestro inmenso amor por este Ser de Luz que nos guía por el camino de la evolución gracias a la enseñanza escrita, de una riqueza fabulosa, que ha legado a todos los humanos de la tierra.
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