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COLOQUIOS

CONFERENCIA

N.º 5 – JÓVENES EN RUPTURA: RESTAURAR EL VÍNCULO SOCIAL

Enseñanzas y conferencias

N.º 5 – JÓVENES EN RUPTURA: RESTAURAR EL VÍNCULO SOCIAL

Para el trabajador social y el educador, «Juntos por la paz» significa intentar ayudar a los adolescentes a salir del atolladero de la violencia y a reconciliarse consigo mismos y con la sociedad.

I – JÓVENES «EN RUPTURA»

La adolescencia ya es de por sí un tiempo de transformación y, por tanto, de ruptura con la infancia.

Pero algunos llegan a desafiar a la sociedad transgrediendo sus leyes y cometiendo actos delictivos más o menos graves. Se sienten más «libres» trabajando en una red con sus propios códigos, para ganar dinero rápidamente y pagar, entre otras cosas, su consumo de estupefacientes, aun a riesgo de sufrir las consecuencias.

Para otros, ejercer violencia sobre los demás les permite contener su inseguridad y su miedo, y mostrar y demostrar su fuerza ante su grupo de iguales. Robar y desvalijar viviendas arruinan también la vida de un adolescente y repercuten en la sociedad.

II – LAS CONSECUENCIAS

Para ellos mismos, es el deterioro de la autoestima, la ausencia de perspectivas positivas y el engranaje autodestructivo de las adicciones: el consumo de estupefacientes se convierte en un refugio, en un remedio. Los demás se perciben como extraños que no representan un apoyo lo bastante sólido y seguro como para permitirles proyectarse en un futuro cualquiera.

Para su familia, que no reconoce a su hijo en lo que ha cometido, ya no lo comprende y a veces lo rechaza o lo sobreprotege. La mirada de los demás y de las instituciones es dolorosa. El sentimiento de vergüenza y de culpa, por ambas partes, acentúa la ruptura de la comunicación intrafamiliar.

Para la sociedad: la ruptura de la comunicación y la desconfianza hacia el mundo de los adultos y de las instituciones que deberían ayudarles sitúan al adolescente al margen.

La vida cotidiana de estos jóvenes se rige por la inmediatez, el impulso y el rechazo de todo esfuerzo. Viven en «su mundo», con sus reglas y sus leyes. Así, cuestionan y no aceptan los fundamentos y valores de la sociedad, de la que sin embargo forman parte.
Es en este contexto de sufrimiento y de violencia donde interviene el educador, para ayudarles a cambiar de perspectiva y a evolucionar para recuperar el equilibrio y un lugar en la sociedad.

III – EL TRABAJO DEL EDUCADOR A LA LUZ DE LA ENSEÑANZA AUMISTA

El educador intentará reorientar una trayectoria y una dinámica negativas actuando en diferentes niveles, por ejemplo para favorecer la reinserción o trabajar sobre la salud global. Durante varios meses, incluso años, se reunirá con el adolescente, pero también con su familia, que forma parte de este seguimiento. La relación es la herramienta principal del trabajador social.
Se tratará entonces de poner en práctica todo lo que le parezca necesario para la evolución de la situación, de las mentalidades y de las relaciones, a fin de cambiar de paradigma.

En particular:

Establecer un marco firme para crear un vínculo sólido
Esto empieza por el respeto de los horarios, las citas, la vestimenta, el lenguaje…
Se pide un esfuerzo continuo con el fin de anotar victorias, aunque sean mínimas, en el haber de quien se moviliza; y si le cuesta mejorar, los intentos que se suceden a lo largo de las semanas y los meses cuentan igualmente.
El Señor HAMSAH MANARAH nos enseña que los actos cotidianos son importantes si se quiere llegar a realizar grandes cosas. El control de los gestos evita «esas grandes pérdidas de energía en gestos desordenados y en acciones irreflexivas que después se lamentan amargamente». [1]

Esta exigencia, desde el comienzo del acompañamiento educativo, delimita un espacio donde el adolescente tendrá la posibilidad de hablar, siempre que uno no se asuste ante la falta de respeto, la violencia de los relatos de vida o de las palabras, o la negación. La mirada benevolente del educador, un amor incondicional sea cual sea el acto cometido, es un poderoso cemento en su relación. No es un amor ingenuo, sino una atención permanente que devuelve al adolescente a su justo lugar, a su condición de sujeto responsable de sus actos, palabras y pensamientos.
Quienes han obrado mal en el pasado, quienes no han sabido resistir a sus impulsos y a su violencia, necesitan aprender también a considerarse mejor.

Favorecer una mejor mirada sobre uno mismo
El autor de un delito o de un crimen rara vez está satisfecho u orgulloso de lo que ha hecho, aunque a veces muestre o diga lo contrario por provocación o negación.
Sabe que su familia se ve afectada, se avergüenza de causar preocupaciones a su entorno y guarda rencor a la justicia. No se quiere a sí mismo.
El educador tiene la misión de situar al adolescente en una dinámica positiva y evolutiva. Lo acompaña

  • en la ruptura con su vida cotidiana;
  • en acciones que le demuestran que es capaz de respetar las normas sociales, de experimentar éxitos y también de analizar sus fracasos en presencia del adulto.
    El adolescente aprende a conocerse y a percibirse de otro modo, en lugar de quejarse: «Soy una víctima, nadie me quiere, la sociedad la tiene tomada conmigo».
    Según la enseñanza del Señor HAMSAH MANARAH, conocerse bien es un deber. [2] Esto permite comprender mejor a los demás.

Hacer emerger la noción de alteridad
El educador no reduce al adolescente autor de actos delictivos a lo que ha hecho. Lleva una mirada nueva sobre su situación. Cree en lo mejor que hay en él, aunque quizá el joven todavía no lo conozca. Le da, le presta su capacidad de esperar lo mejor y de dejar de identificarse con sus errores pasados.
No olvida que cada uno tiene su lado bueno, porque según el Aumismo lo Divino está en cada uno. [3]
Su trabajo tiene también como objetivo comprometer al adolescente y ayudarle a hablar de los hechos, aunque sea difícil, a nombrarlos y a cuestionarlos, porque, como dice el Señor HAMSAH MANARAH, lo estimulante es lo que empuja a interrogarse y a tomar conciencia de todas las situaciones. [4]

Al evocar a la persona que sufrió el perjuicio, el educador ayuda a que surja la noción de responsabilidad y de alteridad (el reconocimiento del otro). Porque a menudo, a sus ojos, la víctima no existe, y él mismo se considera una víctima.
Señalemos que la justicia restaurativa es una herramienta eficaz. Al crear un espacio de diálogo entre autor y víctima, restaura la humanidad de la que ambos se vieron privados por la violencia del acto. Es un camino posible hacia el perdón a uno mismo y a los demás que permite, como dice el Señor HAMSAH MANARAH, avanzar «libre de todo resentimiento, de todo rencor, de todo deseo de venganza». [5]

Ayudar al joven a hacer las paces con el mundo de los adultos
El educador ya es otro, un ser singular, diferente y desconocido, como aquel al que acompaña. Este reconocimiento mutuo es el primer peldaño en la aceptación del otro.
Conviene también trabajar con los padres para:

  • comprender el esquema y la dinámica familiar;
  • romper su aislamiento;
  • favorecer el retorno a una relación serena con su hijo;
  • redefinir, si es necesario, el lugar de cada uno.

Podemos proponer a los padres grupos de palabra, en los que cada participante puede contribuir, compartiendo su experiencia, al bienestar de los demás.
También es posible apoyarse en diferentes socios institucionales, mediante cursos o encuentros, para favorecer la pacificación de las relaciones por ambas partes.

CONCLUSIÓN

Con su acción, y si puede también con la oración, el educador se esfuerza por preparar, junto con los demás actores sociales o institucionales, el terreno necesario para restaurar el vínculo social. Planta lo mejor que puede semillas de respeto, de benevolencia y de esperanza y, con su enfoque, ayuda a volver a tejer lazos entre todos.
Así, restaurar el vínculo social repercute en la paz y va en el sentido de una sociedad de Edad de Oro que «debe recomponerse en torno a los valores de tolerancia, unidad, fraternidad y solidaridad». [6]

Pr. Florence

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[1] Vers un Âge d’Or d’Unité, p. 141

[2] Le Yoga de la Vie pratique, p. 59

[3] Vers un Âge d’Or d’Unité, p. 148

[4] Vers un Âge d’Or d’Unité, p. 48

[5] La Loi d’Évolution des Âmes, p. 319

[6] Vers un Âge d’Or d’Unité, p. 370

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