COLOQUIOS
CONFERENCIA
N.º 2 – APRENDER A PERDONAR
N.º 2 – APRENDER A PERDONAR
La actualidad está con demasiada frecuencia cargada de conflictos nacionales, internacionales, religiosos y políticos. Conflictos que dan testimonio de un engranaje de venganzas y de una escalada de violencias de los que, sin duda, es más difícil liberarse si estamos implicados en ellos o nos afectan directamente.
¿Qué capacidad tenemos de perdonar un genocidio, un incesto, malos tratos repetidos, un crimen premeditado, el asesinato de un niño, el bombardeo de poblaciones civiles, un atentado, un robo, una disputa, un insulto, una mentira, un olvido, un error, una debilidad, una infidelidad, un defecto, una torpeza…?
El perdón es mucho más una cuestión de corazón y de valor que de moral o de razonamiento.
El perdón no es algo evidente: solo puede ser fruto de un camino, y ese camino será el objeto de esta ponencia.
Para ayudar a la humanidad hoy y en el futuro, Su Santidad el Señor HAMSAH MANARAH afirma: «Si los hombres saben perdonarse, si saben olvidar el pasado, las disputas fronterizas se atenuarán, las guerras civiles disminuirán y la guerra, expresión cruel del odio, desaparecerá para siempre». [1]
I – ¿POR QUÉ PERDONAR?
¿Cuál es el fin que se busca en el perdón y qué nos mueve a recurrir a él?
Lo que lo hace necesario es, ante todo, el sufrimiento vivido, que puede ir de la herida al estupor, del ego herido al espanto, del daño al horror, de lo personal a lo colectivo.
Lo que está en juego en el perdón variará según el contexto.
En las situaciones más horribles, se tratará ante todo de recuperar la propia humanidad ante lo intolerable, lo imperdonable. El verdugo se ha convertido en un monstruo y la víctima es considerada un ser desprovisto de dignidad, privado de toda consideración.
Según Paul Valadier (jesuita y filósofo), el perdón pasa del ámbito religioso al político [2] cuando «las abominaciones de todo tipo que conoció el siglo XX y que no parecen perdonar al nuevo siglo» plantean la pregunta: «¿cómo superar el pasado y abrir un futuro sin recurrir a algo parecido al perdón o, como mínimo, a una reconciliación?» entre los pueblos y las naciones.
El perdón entra entonces en el campo filosófico con eminentes pensadores contemporáneos como Henri Bergson, Hannah Arendt, Vladimir Jankélévitch, Jacques Derrida y Paul Ricœur.
Paul Valadier concluye que «la idea de perdón puede constituir en el seno de las sociedades humanas una especie de “motor de búsqueda”: gracias a ella, los hombres se ven obligados a inventar caminos originales para salir de un pasado de muerte y abrirse a una vida en común reconciliada».
En otros casos más personales, la necesidad de salir de esa espiral del sufrimiento infligido a nosotros mismos y a nuestros semejantes nos llevará al camino del perdón y nos permitirá recuperar la paz interior.
En efecto, ¿quién puede ser feliz con un sentimiento de rencor, cuya definición es: «estado afectivo duradero hecho de una profunda amargura, de resentimiento y de odio, ligado al recuerdo de una injusticia o de una desilusión» [3]?
Elegir el perdón es la posibilidad de liberarse de ese vínculo nefasto que perdura con la persona o las personas que nos han herido.
«El perdón es el único medio de poner fin al odio». [4]
Perdonar no es fácil, desde luego, pero el odio es tan agotador…
Aunque el perdón no cambia los hechos del pasado, sí modifica su peso: permite vivir mejor en el presente y asegura un futuro mejor.
Recordamos a personajes destacados (la lista no es exhaustiva) por su capacidad de perdonar, célebres porque no cedieron a ese sentimiento de rencor:
– El papa Juan Pablo II perdonó a quien le disparó en la plaza de San Pedro el 13 de mayo de 1981. Más tarde lo visitó en la cárcel.
– El 11 de febrero de 1990, tras 27 años, 6 meses y 6 días de prisión, Nelson Mandela declara su compromiso con la paz y la reconciliación con la minoría blanca de Sudáfrica.
– Tras los atentados del 13 de noviembre de 2015 en Francia, en los que su esposa, madre de su hijo, murió en el Bataclan, el periodista Antoine Leiris publicó en las redes sociales una carta titulada «No tendréis mi odio». Esta carta se convertiría en el símbolo de una resiliencia nacional.
¿Somos capaces de semejante resiliencia?
II – EL PERDÓN, UN ACTO DE PLENA HUMANIDAD
No todos somos iguales ante este camino emprendido hacia el perdón. Lo que aporte variará según lo vivido y según nuestras posibilidades.
En cualquier caso, el tema hace correr mucha tinta y diversas obras lo desglosan en varias etapas, precisando lo que puede ser y lo que no es.
Inspirándonos en esas lecturas [5], esto es lo que podríamos decir.
El perdón es un acto de plena conciencia, que solo compromete a quien lo decide.
Debe emprenderse con honestidad, ante todo con uno mismo: no es la expresión de un «¡Ni me ha dolido!», tan utilizado para enmascarar o enterrar lo que sentimos, nuestras grietas, nuestra fragilidad, nuestra humillación, la naturaleza exacta de nuestra herida.
Los muros levantados al principio frente al agresor nos aseguran cierta protección, pero con el tiempo y sin perdón se convertirán en una prisión.
Es necesaria una introspección que, además, debe ser benevolente para no generar un doble castigo: sentirse culpable por haber sido ingenuo, por no haberse defendido, por haber provocado lo que ocurrió.
El perdón no es ni una obligación ni un olvido.
El desgaste del tiempo puede aminorar el rencor, pero no sustituye al perdón. Este exige voluntad y determinación, cuando se ha comprendido que guardar rencor a alguien solo le permite seguir haciéndonos daño.
El perdón requiere también valor, porque no es una expresión de debilidad. La tentación natural y repetida de la venganza debe dominarse una y otra vez.
«El perdón es propio del hombre valiente». [6]
Requiere lucidez: no es una cuestión de justicia, ni de tolerancia, ni de lástima.
No es una receta milagrosa que deshará el mal causado.
No puede llegar sin paciencia, porque a menudo es un largo proceso. Quererlo no significa necesariamente conseguirlo.
En este camino, intentar comprender lo que motivó a quien nos ofendió puede ayudar.
Por último, el perdón debe ejercerse con discernimiento: no obliga ni a una reconciliación ni siquiera a una declaración ante las personas afectadas. Se puede haber perdonado a alguien y elegir no volver a tratarlo, no tener nada más que ver con él.
Como hemos dicho, el perdón puede ser el prodigio que permita recuperar una humanidad que parece haber desaparecido, tanto en los verdugos como en las víctimas, y en ciertos casos históricos se convierte en un recurso político que tiene su origen en un contexto religioso.
En efecto, el perdón es recomendado por numerosas religiones y, en un plano más personal, puede considerarse un camino de paz interior.
III – ¿CÓMO AVANZAR HACIA EL PERDÓN?
En la religión aumista, se pone el acento en la identificación con la Conciencia divina. Detrás de esta envoltura carnal, más allá de este carácter y de esta personalidad, reside el Yo Supremo en nosotros. Nuestra humanidad es divina, y Su Santidad el Señor HAMSAH MANARAH nos indica:
«Para poner fin definitivamente al odio en todas sus formas, hay que restablecer ante todo la propia Unidad con el Dios interior, presente en uno mismo y en cada uno», porque «si uno siente que el otro es una parte de sí mismo, ¿cómo podría odiarlo, detestarlo o desear su muerte de forma duradera?» [7]
Durante un gran ritual, Su Santidad el Señor HAMSAH MANARAH concedió el Gran Perdón a la humanidad entera, para permitirle romper con los engranajes del pasado que la encadenaban al odio.
Los seres humanos se han beneficiado de este Gran Perdón para que se les devuelva la libertad de entrar en la Edad de la Paz y de la fraternidad, llamada Edad de Oro.
Él nos dice: «La Edad de Oro no es más que un estado mental que hay que conquistar y que está al alcance de todos». [8]
El Perdón a uno mismo, renovado con regularidad, nos permite avanzar, atrevernos a equivocarnos y volver a empezar, intentarlo de nuevo y autorizar al otro a hacer lo mismo. Porque habrá tropiezos y caídas que todavía tendremos que perdonarnos.
«No pidáis a Dios que tenga piedad de vosotros; tened sencillamente piedad de vosotros mismos». [9]
No hay paz sin perdón, pero el perdón según el Aumismo no tiene como única función borrar pensamientos y actos negativos que cada uno podría repetir a su antojo.
Al aligerar la conciencia, el perdón da la energía y la libertad de transformarse y de ponerse de nuevo en camino, evitando volver a caer siempre en los mismos defectos.
Nuestra capacidad de evolución está directamente ligada a nuestra capacidad de perdonar.
El perdón a los demás debe ir de la mano del perdón a uno mismo, que pone fin a la agresividad que podemos volver contra nosotros.
La Enseñanza aumista insiste en el perdón a uno mismo, porque la culpa impide encontrar la paz en uno mismo y comunicarla a los demás.
Anatole France escribió: «Hay que perdonarse mucho a uno mismo para acostumbrarse a perdonar mucho a los demás».
«El primer paso es el Perdón a uno mismo, para evitar el autocastigo. El segundo paso es volverse hacia quienes nos han hecho daño, quienes más daño nos han hecho, diciéndoles:
“Te perdono todo el mal causado. Que la Luz esté en tu espíritu, y el Amor Divino y la serenidad en tu corazón”». [10]
Esta frase puede pronunciarse mentalmente y sin que esté presente la persona a quien nos dirigimos. Solo importa la actitud mental de reconciliación, prestando atención a los efectos que se derivan de ella…
«Hay que volver a tomar la medida de cada uno todos los días», nos decía el fundador del Aumismo, «para no fijar la mente en una situación o en uno de sus defectos».
La Llave del Perdón a uno mismo se recomienda en la p. 249 del libro La Révolution du Monde des Vivants et des Morts, como máximo una vez por semana y como mínimo una vez al mes, precisando:
«Recuerda: de este perdón a ti mismo depende tu destino feliz y luminoso». [11]
Perdonar es sembrar y desarrollar en nuestro jardín interior las semillas de los pensamientos y sentimientos que nos ayudarán a salir de esa espiral del sufrimiento infligido a nosotros mismos y a nuestros semejantes.
Perdonar puede seguir siendo un trabajo profano, pero también puede convertirse en un trabajo espiritual que da a la meta un carácter sagrado y amplifica sus efectos y repercusiones.
Cultivar el espíritu de reconciliación es ya admitir que hubo entendimiento y concordia, y que ese estado debe recuperarse: el sentimiento de unidad con el Todo, con todo lo que vive, el sentimiento de unidad con lo Divino.
A nivel individual, Su Santidad el Señor HAMSAH MANARAH advierte:
«No juzguéis a nadie como vuestro enemigo mortal de por vida, porque de lo contrario bloqueáis toda posibilidad de cambio en él». [12]
Los rencores y los recuerdos pesados alimentan en nosotros, y proyectan sobre el otro, una energía de involución.
Siendo conscientes del momento presente, podemos corregir el rumbo y enviar un pensamiento de bendición y de amor a quien fue objeto de nuestra agresividad, así:
«Anulo el pensamiento de odio emitido contra Fulano y le envío un pensamiento de amor, de paz, de armonía y de unidad. Que su alma me perdone y se reconcilie con mi Dios interior». [13]
También aquí la práctica regular es esencial. Insistamos en que se trata mucho más de buscar transformarse aligerando la conciencia y difundiendo pensamientos de armonía que de borrar mecánicamente pensamientos y actos para luego repetirlos a voluntad.
No se trata de empeñarse en perdonar solo con nuestra voluntad, manifestando nuestra superioridad sobre el otro, sino más bien de abrirse a la gracia de perdonar, de recibir mediante el abandono ese bálsamo para el corazón, abundante, gratuita y regularmente, de la Conciencia divina que está en nosotros y en cada uno.
Señalemos también aquí, para todos los que consideran que la evolución de un alma requiere varias encarnaciones humanas, que la muerte es un cambio de forma y de estado: el perdón no puede contemplarse solo en la duración de una única vida.
El perdón a uno mismo y a los demás puede concederse también para las vidas pasadas pronunciando estas palabras, sagradas entre todas, que se encuentran en La Doctrine de l’Aumisme:
«Me perdono el mal y las desviaciones cometidas en la ignorancia y el extravío momentáneo, del mismo modo que perdono a todos los que formaron parte de mi karma pasado y a quienes en el presente libero de todo vínculo y de toda servidumbre respecto a mi persona». [14]
A nivel colectivo, la meditación aumista para todos comienza con la repetición de nombres de Dios invocados en las principales religiones, continúa con bendiciones enviadas por expansión a las diferentes dimensiones del espacio y después a los diferentes planos de conciencia, e incluye el siguiente pasaje, que os propongo vivir:
«- Por la transmutación de las bajas vibraciones en altas vibraciones, de las vibraciones de odio en fuerza de amor. OM
- Bendiciones sobre todos los que nos aman y nos comprenden, y sobre quienes podrían no amarnos ni comprendernos. OM
- Bendiciones sobre todos los que nos han prestado un servicio. OM
- Perdonemos a todos los que han podido perjudicarnos. OM
- Bendigamos a quienes nosotros mismos hayamos podido perjudicar, consciente o inconscientemente, directa o indirectamente. OM»
Incansablemente, el Fundador de la religión aumista dio ejemplo de perdón de las ofensas, las ingratitudes y las traiciones. Infundía a cada uno la fuerza para transformarse.
Para concluir, escucharemos un texto que Él escribió tras conocer las acciones malintencionadas cometidas por personas a las que había ayudado mucho. Es un poema dirigido a la humanidad entera:
La cólera del viento [15]
«Hombre o mujer, si encuentras en algún lugar
A un ser insensato que se dice mi enemigo,
O que simplemente se comporta como tal
Con sus palabras y sus actos,
Dile que está en mí
Y que le doy mi Paz.
Conocido o desconocido para mi mente,
Es mi hermano y yo estoy en él.
Deberá, pues, dejar de ser su propio enemigo.
Cuando un puño colérico se hunde
En el agua clara,
Esta se desplaza y luego recupera su lugar
Llegado el momento.
Del mismo modo mi alma indefensa
Sigue los movimientos impresos
Por la furiosa fuerza del viento.
Sin embargo, no pierde su nobleza,
Porque vive en un océano de bienaventuranza.
Dile con amor
Que mi compasión lo espera
En el sendero de la luz,
Para ayudarle, si lo desea,
A manifestar lo que ya está en él
Sin que lo sepa:
La Paz de la ETERNIDAD».
V. SUMEDHYA
Ingeniera titulada por la EPF,
Titulada en naturopatía y Hatha Yoga
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[1] Vers un Âge d’Or d’Unité, p. 178
[2] Paul Valadier, « Le pardon en politique », Revue Projet, 2004/4 (n.º 281), pp. 67-72
[3] CNRTL
[4] Vers un Âge d’Or d’Unité, p. 178
[5] Padre Jean Monbourquette, Comment pardonner ?, Bayard, 2011; Anne Ducrocq, L’art de faire la paix au quotidien, Marabout
[6] Mahatma Gandhi, Lettres à l’Ashram, 1937
[7] Vers un Âge d’Or d’Unité, p. 186
[8] Périple d’un yogi et initié d’Occident, p. 145
[9] La Doctrine de l’Aumisme, p. 113
[10] Vers un Âge d’Or d’Unité, pp. 177-178
[11] La Révolution du Monde des Vivants et des Morts, p. 256
[12] Vers un Âge d’Or d’Unité, p. 179
[13] Vers un Âge d’Or d’Unité, p. 185
[14] La Doctrine de l’Aumisme, p. 113
[15] Le Yoga de l’Amour dans la Force, p. 49

