COLOQUIOS
CONFERENCIA
N.º 3 – EL EQUILIBRIO ENTRE VIDA PROFANA Y VIDA ESPIRITUAL
EL EQUILIBRIO ENTRE VIDA PROFANA Y VIDA ESPIRITUAL
Negar la dimensión espiritual del ser humano contribuye al desequilibrio individual y colectivo. Existen al menos dos buenas razones para dar cabida a la espiritualidad en la propia vida. Son las respuestas a las dos preguntas siguientes.
¿Qué hago en la Tierra?
La espiritualidad da un sentido a la vida al ofrecernos la perspectiva de escapar a los vaivenes de las vicisitudes cotidianas y al permitirnos expresar la parte luminosa de nosotros mismos. «Absorbido por la batalla cotidiana de la vida», dice Swami Sivananda, «el hombre ha olvidado su meta. Duerme encima de un tesoro y llora. Es preciso despertarle.»
¿Qué hacer para contribuir a restablecer el equilibrio del mundo en que vivo?
No nos engañemos: la humanidad no es otra cosa que el reflejo de nuestras individualidades. Nuestros pensamientos son creadores. Así pues, debemos empezar por encontrar un equilibrio personal, concediendo a nuestra vida interior la importancia que merece.
Su Santidad el Señor HAMSAH MANARAH nos invita a conciliar vida profana y vida espiritual: «El estado mental justo», dice, «supone gestionar la vida familiar y profesional lo mejor posible para los propios intereses, sin perder nunca de vista el porqué de nuestra presencia en la Tierra.»[1]
Veremos, pues:
- en primer lugar, cómo las acciones de la vida cotidiana son un trampolín para el trabajo espiritual;
- después, cómo la oración enriquece la existencia.
I. LA VIDA FAMILIAR Y PROFESIONAL ES UN TRAMPOLÍN PARA LA VIDA ESPIRITUAL
Dar su lugar a la religión no significa renunciar a las responsabilidades del mundo. La acción profana se convierte entonces en un camino de vida que, por una parte, favorece unas condiciones de vida material propicias y, por otra, permite cultivar los valores, las competencias y los principios evolutivos indispensables en la vía espiritual.
La vida es una escuela. Es importante que aprendamos a aprovechar todas las ocasiones para progresar y desarrollar cualidades útiles para nuestro camino espiritual.
Nuestra actitud mental ante cada hecho del día tiene su importancia.
Las cosas aparentemente más insignificantes pueden convertirse en fuente de enriquecimiento y de progreso permanente. A este respecto, el Señor HAMSAH MANARAH recuerda: «Victoriosos en los pequeños actos de la vida de cada día, lo seréis en los actos mayores y decisivos de vuestro destino, y vuestro porvenir será el resultado de vuestros actos de cada día, es decir, victorioso, ordenado, lleno del aroma del éxito.»[2]
La divinización de las obras
La divinización de las obras consiste en dedicar cada acción a lo Divino. No se improvisa. Es el resultado de una actitud voluntaria y consciente. Más que un simple proceder, es una filosofía de vida en toda regla.
Ocuparse de los hijos, alimentarlos, seguir sus tareas escolares, hacer la limpieza, fregar los platos, preparar las comidas, cuidar de un animal, echar una mano a los vecinos: todo puede ofrecerse, sea agradable o difícil de realizar.
«Cada acto de la vida cotidiana que cuesta un esfuerzo debe ser divinizado», dice Su Santidad, «es decir, ofrecido a Dios, a la humanidad, para la salvación del mundo entero.»[3]
Así, a lo largo de una jornada llena de actos prosaicos, podemos dar gracias a lo Divino, ya sean las situaciones buenas o malas en apariencia: los esfuerzos que hacemos para salir de las dificultades y afrontar las pruebas cobran sentido cuando se ofrecen a Dios.
Ofrecer las propias acciones a lo Divino implica hacerlo lo mejor posible y actuar respetando a uno mismo y a los demás: nos vemos llevados a superar nuestros defectos y a desarrollar cualidades útiles en la vida social y en la vida espiritual.
El desarrollo de diversas cualidades
Esforzarse por respetar lo Divino en cada uno requiere desarrollar cualidades humanas.
En el ámbito familiar
Como tuvimos ocasión de abordar en el coloquio aumista de 2004, la vida conyugal, el nacimiento y la educación de los hijos, el enfrentamiento con las dificultades que ello supone y las responsabilidades ayudan a formar el carácter y a la transformación personal, y por tanto al propio equilibrio y bienestar.
El amor por los miembros de la propia familia es una etapa en el camino del Amor universal. Así, por amor a los suyos, uno aprende a ser paciente y perseverante, prefiriendo controlar sus reacciones o palabras antes que decir cosas hirientes o humillantes a niños pequeños. Uno aprende a cuestionarse, a negociar, a hacer concesiones, a perdonarse y a ayudarse mutuamente cuando un miembro de la familia está en dificultades. He aquí una hermosa ocasión para ir moldeando nuestro espíritu y esforzarnos por hacer desaparecer (¡o al menos atenuar!) toda forma de egoísmo incompatible con una aspiración espiritual. Considerada así, la vida familiar es un camino que conduce a Dios.
En la vida profesional
Nos esforzaremos por desarrollar cada vez mejor:
- el respeto hacia aquellos con quienes trabajamos, sean cuales sean su nacionalidad, su raza o sus creencias;
- el dominio de los propios gestos y pensamientos, y la cortesía;
- la benevolencia, expresada con palabras de agradecimiento y de ánimo en el momento oportuno, con la escucha y la atención a los demás;
- el espíritu de ayuda mutua;
- el espíritu de abnegación, que antepone el éxito del equipo al propio;
- la lucidez y el discernimiento que permiten confiar un trabajo a las personas más aptas para realizarlo;
- el valor y la tenacidad para mantener el rumbo hacia los objetivos fijados a pesar de las dificultades, para resolver los conflictos, superar las inevitables tensiones y lograr reconciliarse.
En la vida social
En la vida social en todas sus formas, en el seno de asociaciones culturales o deportivas o de agrupaciones diversas, tengamos presentes las siguientes preguntas:
«¿Qué aportan de bueno mis acciones a los demás?»
«¿Están mis actos y mis pensamientos realmente de acuerdo con una aspiración evolutiva?»
En la vida profana se puede triunfar en diversos ámbitos: la atleta coronada campeona olímpica, el sabio galardonado con el Premio Nobel, la personalidad política que llega a jefe de Estado, todos tienen en común la cultura del esfuerzo. Pero lo que propone además el Señor HAMSAH MANARAH es añadir el esfuerzo de un progreso moral.
Del mismo modo, es esencial expresar la solidaridad con quienes sufren y aportar en la medida de lo posible la propia contribución a acciones humanitarias, pero no hay que descuidar el trabajo sobre uno mismo para armonizar los actos y las intenciones.
II. EL LUGAR DE LA ORACIÓN EN LA VIDA PROFANA
Para reequilibrar una vida acaparada por preocupaciones materiales, el Señor nos dice: «Si queréis la actitud mental justa, os construiréis un horario equilibrado, reservando una parte del día a la comunión en Dios. (…)»[4]
Orar es vivir con Dios, dialogar con el propio Dios interior. Conviene apartar las ideas preconcebidas que se propagan en nuestras sociedades occidentales modernas y que pretenden inculcarnos que orar es anticuado o retrógrado, que es cosa de individuos ingenuos fácilmente influenciables o de personas que huyen de sus responsabilidades cotidianas. Al contrario, incluir la oración en el propio tiempo de vida es un acto voluntario, una elección deliberada, un signo de equilibrio.
«La oración es el instante en que la conciencia del cuerpo entra en comunicación con la conciencia del espíritu y en que se forjan las energías del éxito, para un porvenir más luminoso…»[5]
La oración está orientada hacia una meta. En el Aumismo, el pensamiento es creador: orar es actuar.
En primer lugar, es actuar sobre la propia vida. Orar por uno mismo es legítimo si nuestros objetivos están libres de todo deseo de posesión y de perjuicio. Un estudiante asociará la oración a sus esfuerzos para aprobar un examen; unos padres no dudarán en orar por su hijo. Pero cuando se ora hay que tender a reducir las propias «malas inclinaciones» en favor de aspectos más armoniosos para uno mismo y para los demás, y en particular liberarse del egoísmo. Orar contribuye a una evolución positiva del propio ser.
Después, es actuar en el entorno cercano, con nuestra familia, nuestros amigos y nuestros compañeros de trabajo. La oración sincera contribuye a desbloquear situaciones, a resolver conflictos y a ayudar a los demás en caso de necesidad. Pero cuidado, seamos claros: quien ora para favorecer la armonía a su alrededor debe esforzarse por transformarse a sí mismo.
Orar por la humanidad es también actuar por el equilibrio planetario, pues la oración no tiene fronteras y se adapta a todas las situaciones. Si, por ejemplo, nos enteramos por el periódico, la radio o la televisión de que unas poblaciones sufren a causa de actos de violencia o de catástrofes, podemos aportarles la ayuda de la oración. Recordemos que «orar por el universo da muchos más frutos y abre al alma que lo da todo a los demás horizontes que permanecen cerrados para aquellas que solo piensan en su evolución personal».[6]
1) La oración individual
La oración permite recargarse en el plano personal, eliminar las tensiones físicas y nerviosas y el estrés acumulados a lo largo de una jornada de trabajo, y recuperar el equilibrio. Es una fuente de energía inagotable (¡gratuita y ecológica!), más que necesaria para hacer frente a nuestras obligaciones cotidianas. La regularidad con la que oramos es una garantía de éxito.
El Señor nos pregunta: «¿Haríais circular un coche sin gasolina? ¡No!» Esto bien podría inspirarnos el siguiente lema: «¡La oración es la vida!»
Una oración básica: la repetición del Sonido OM (que ha dado nombre al Aumismo)
El Sonido OM es la oración más corta y más poderosa; es el Verbo divino, el primer Nombre de Dios. Sus beneficios se evocarán en distintas ponencias. Os remito también al libro L’Aumisme, la Doctrine de l’Âge d’Or.
Las técnicas de repetición del Sonido OM desarrolladas en la Enseñanza del Señor HAMSAH MANARAH son únicas y de gran utilidad para quien desee desarrollarse armónicamente. Por ejemplo:
- el OM repetido en voz alta purifica el ambiente de una habitación o del lugar donde uno se encuentra y favorece las buenas vibraciones;
- el OM repetido en voz baja serena la mente y aumenta la concentración;
- repetido mentalmente, restablece la unidad entre el cuerpo y el espíritu y contribuye a desarrollar lo Divino en uno mismo.
¿Dónde y cuándo orar?
No dudemos en reservarnos momentos de oración en casa, en un lugar tranquilo y apacible, ante un templo o en cualquier lugar propicio a la concentración y a la comunión con nuestro Dios interior, lejos de la agitación del mundo que nos rodea. La regularidad tiene gran importancia. Por supuesto, el Señor nos invita a mantenernos en la justa medida: quien nunca ha orado no puede lanzarse de la noche a la mañana a horas de oración sin daños psíquicos o mentales.
Pero fuera del espacio privado que preservamos para nuestro tiempo de oración diario, es útil orar en todo lugar y en toda circunstancia. Por ejemplo, en la naturaleza podemos orar por la evolución de los minerales, los vegetales y los animales que nos rodean. En un supermercado, en un estadio, en un tren, en el coche: en todas partes podemos poner nuestras oraciones al servicio de los demás, conocidos y desconocidos.
La meditación
Aunque es distinta de la oración, no deja de ser un valioso complemento suyo. La práctica de la meditación requiere casi siempre calma o aislamiento. Como la oración, proporciona beneficios indispensables para una vida equilibrada y dinámica. Permite conquistar un profundo equilibrio interior, calma el espíritu, serena la mente y hace crecer en uno la conciencia luminosa. Dominio de uno mismo, de las emociones y de la afectividad: tales son las bases esenciales que ofrece la meditación regular e iluminada para conquistar las propias cumbres interiores.
Las bendiciones
Orar es también bendecir toda forma de vida en la Tierra. Es bendecir el alimento, como vimos en una ponencia anterior, y pedir que todos en la Tierra puedan saciarse. Es bendecir a los amigos, a los padres, a quienes nos aman, pero también a quienes podrían no amarnos o no comprendernos.
2) Oración colectiva y Culto público del Aumismo
La oración colectiva
Es muy importante. Crea una sinergia cuyos efectos son superiores a lo que cabría esperar de la suma de las oraciones individuales: las personas que desean unir sus esfuerzos orando por la paz en el mundo procurarán reunirse, a ser posible en un lugar consagrado a la oración.
Los aumistas que viven en el mundo se reúnen para orar en los Centroms. Cuando pueden, van a orar con la Comunidad de los monjes al Monasterio del Mandarom, del que se hablará en la ponencia titulada «La oración, factor de equilibrio personal y planetario».
También se encuentran en los Cultos públicos que se celebran en distintas regiones.
El Culto público del Aumismo
Está abierto a todos. Permite practicar la «Meditación aumista para todos». Este culto se caracteriza por el espíritu de tolerancia y de paz; su Enseñanza básica es: «Dios es el mismo para todos y está presente en cada uno.»
Dios es el mismo para todas las religiones: si se encarnó bajo aspectos diferentes, fue para llevar Su mensaje de fraternidad a los hombres de diversas épocas y culturas. Por eso se cantan los Nombres dados a Dios en las distintas Tradiciones, expresando el amor a Dios en todos Sus Rostros y el respeto debido a todas las religiones. El Culto público del Aumismo es un alto en la vida cotidiana para volver a centrarse en lo Divino presente en uno mismo y desarrollar cada vez mejor el Amor y la Sabiduría. La oración del OM y las bendiciones para todos los seres se extienden por el planeta.
PARA CONCLUIR
A lo largo de esta ponencia hemos visto juntos lo importante que es consagrar una parte a Dios en el corazón mismo de nuestras preocupaciones diarias, a veces muy prosaicas. Este equilibrio entre vida profana y vida espiritual es fundamental en el Aumismo.
Su Santidad el Señor HAMSAH MANARAH nos dice: «Muchas personas creen de buena fe que solo quienes no han contraído obligaciones familiares o sociales, y los héroes o superhombres, pueden entregarse a una búsqueda espiritual. Nada más falso.»[7]
Cada uno, sea cual sea su modo de vida, puede avanzar hacia su divinización.
Recordaré algunos de los consejos dados por el Señor para ayudar a conciliar vida profana y vida espiritual. Están tomados del texto titulado «La Vía sana que muestro».[8]
«No renuncies a la acción exterior con el pretexto de que buscas a Dios (…)
Mantén los pies en la Tierra mientras contemplas la estrella de tu ideal (…)
Ocúpate de tu esposo, de tu esposa, de tus hijos,
como cualquier persona que lleva las anteojeras del prosaísmo,
pero actúa como una persona despierta a las realidades del universo interior (…)
Recuerda que todo lo que haces puede espiritualizarse. (…)
Ora a menudo.
Cultiva el amor, la benevolencia, el perdón de las ofensas, la generosidad de corazón, la tolerancia y el sentimiento de Unidad. (…)»
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[1] S.S. HAMSAH MANARAH, La Révolution du monde des vivants et des morts, p. 452.
[2] S.S. HAMSAH MANARAH, Vers un Âge d’Or d’Unité, p. 140.
[3] S.S. HAMSAH MANARAH, Vers un Âge d’Or d’Unité, p. 141.
[4] S.S. HAMSAH MANARAH, La Révolution du monde des vivants et des morts, p. 453.
[5] S.S. HAMSAH MANARAH, Vers un Âge d’Or d’Unité, p. 142.
[6] S.S. HAMSAH MANARAH, La Doctrine de l’Aumisme, fondement de l’Âge d’Or, La Baume de Castellane, Éditions du Mandarom, 1990, p. 307.
[7] S.S. HAMSAH MANARAH, La Réintégration divine par le Yoga, p. 203.
[8] S.S. HAMSAH MANARAH, La Réintégration divine par le Yoga, p. 162.

