COLOQUIOS
CONFERENCIA
N.º 4 – CULTIVAR EL ESPÍRITU DE RECONCILIACIÓN
CULTIVAR EL ESPÍRITU DE RECONCILIACIÓN
La reconciliación es un tema fundamental en la Enseñanza de Su Santidad el Señor HAMSAH MANARAH, que vino a establecer un ideal de Paz y de Unidad, derribando las barreras ficticias entre las razas, los pueblos y las religiones. «La Unidad», nos dice, «no es el aplastamiento de los contrarios, sino su reconciliación, su unificación en un mismo conjunto solidario y fraterno».[1]
Cultivar el espíritu de reconciliación es sembrar y hacer crecer las semillas de los pensamientos y sentimientos que nos ayudarán a salir del sufrimiento infligido a nosotros mismos y a nuestros semejantes.
Cultivar el espíritu de reconciliación es querer la Paz en uno mismo y a su alrededor y seguir queriéndola, querer la Paz de forma continua mediante una higiene mental.
Cultivar el espíritu de reconciliación puede seguir siendo un trabajo profano, pero también puede convertirse en un trabajo espiritual que da al objetivo un carácter sagrado y amplía sus efectos y repercusiones.
Cultivar el espíritu de reconciliación es admitir que hubo entendimiento y concordia, y que ese estado debe recuperarse: el sentimiento de unidad con el Todo, con todo lo que vive, el sentimiento de Unidad con lo Divino.
Evocaremos, pues, la necesidad de:
- I. Cambiar de estado mental;
- II. Superar las limitaciones del amor humano para avanzar hacia el Amor verdadero, el Amor Divino.
I. CAMBIAR DE ESTADO MENTAL
El odio es ante todo un engranaje, un complejo psicológico que amplía de forma desmesurada los actos negativos cometidos. Es la lógica del «ojo por ojo, diente por diente», en la que la víctima de ayer se convierte en el verdugo de hoy: quienes han sufrido quieren a su vez hacer sufrir, primero a escala individual y después colectiva. Para salir de este engranaje hay que cambiar de estado mental: hay que entrar en la Edad de la Paz y de la fraternidad llamada Edad de Oro.
Su Santidad el Señor HAMSAH MANARAH nos dice: «La Edad de Oro no es más que un estado mental que conquistar y que está al alcance de todos».[2]
Retengamos tres puntos clave que pueden permitirnos acceder a este estado mental:
- la vía del Gran Perdón;
- el desapego del pasado;
- la higiene mental.
1) La vía del Gran Perdón
Todas las religiones invitan a sus fieles a perdonar, pero muy pocos hombres ponen en práctica este precepto. Las guerras de religión, por desgracia, lo demuestran. Sin embargo, «el perdón es el único medio de poner fin al odio».[3]
Incansablemente, el Fundador de la religión aumista dio ejemplo de perdón de las ofensas, de las ingratitudes y de las traiciones. Infundía a cada uno la fuerza de transformarse. ¿Cómo no reconocer que Dios está en nosotros cuando la mirada benevolente de Su Santidad el Señor HAMSAH MANARAH se posa sobre nosotros?
La mirada que embellece: la mirada de Aquel que sabe, que lo conoce todo de la naturaleza humana.
La mirada de Aquel que ve incluso aquello a lo que nuestra conciencia aún no tiene acceso, lo que ignoramos, o lo que hemos olvidado o enterrado.
La mirada de Aquel que nos traspasa y percibe, a través de nuestros defectos, nuestra esencia divina.
Y esa mirada era la misma para cada uno y en cada instante.
Sin embargo, no somos más que una pequeña muestra de humanidad, con todos los defectos y faltas de los que es capaz. Pero la experiencia de aceptar este Amor y este Perdón es radical, inolvidable, multiplica nuestras fuerzas y nuestro entusiasmo y nos libera. Conduce al Perdón a uno mismo que, cultivado con regularidad, nos permite seguir adelante, atrevernos a equivocarnos, volver a empezar, intentarlo de nuevo y permitir al otro hacer lo mismo. Sin embargo, el perdón según el Aumismo no tiene como única función borrar pensamientos y actos negativos que cada uno podría repetir a su antojo. El perdón, al aligerar la conciencia, da la energía y la libertad, y por tanto el deber, de transformarse, de volver a ponerse en camino evitando recaer una y otra vez en los mismos defectos. Nuestra capacidad de evolución está directamente ligada a nuestra capacidad de perdón.
«El primer paso», nos dice el Señor, «es el Perdón a uno mismo para evitar el autocastigo. El segundo paso es volverse hacia quienes nos han hecho daño, quienes más daño nos han hecho, y decirles: “Te perdono todo el mal cometido. Que la Luz esté en tu espíritu y el Amor Divino en tu corazón”».[4]
Esta frase puede pronunciarse mentalmente, incluso sin la presencia de la persona a la que va dirigida. Solo importa la actitud mental de reconciliación, prestando atención a los efectos que genera… «Amigos míos, hay que volver a tomar las medidas de cada uno todos los días», nos decía Su Santidad, para no fijar la mente en una situación o en un defecto del otro.
Quisiera añadir que nuestro lema era: «Amar, servir, perdonar, meditar, realizar lo divino en uno mismo».
Se ha convertido en: «Amar, perdonar, servir, meditar, realizar lo divino en uno mismo».
Perdonar ha pasado al segundo lugar, justo después de Amar y justo antes de Servir. El matiz merece meditarse: no puedo perdonar sin amar, pero si no me he perdonado a mí mismo y a los demás, el resto no puede seguir: servir, meditar, realizar lo divino en uno mismo.
El fundador del aumismo recomienda practicar la Clave del Perdón a uno mismo como mínimo una vez al mes y como máximo una vez a la semana, precisando: «Recuerda: de este perdón a ti mismo depende tu destino feliz y luminoso».[5]
Terminaré con el Perdón insistiendo en lo que se nos dijo en una ponencia anterior: durante un gran ritual, Su Santidad el Señor HAMSAH MANARAH concedió el Gran Perdón a la humanidad entera, para permitirle romper con los engranajes del pasado que la encadenaban al odio y devolverle la libertad de construir la paz de la Edad de Oro cambiando de mentalidad.
He aquí el segundo punto clave que permite este cambio de estado mental.
2) El desapego del pasado
El pasado impregna nuestros pensamientos y nuestras acciones, moldeando nuestros prejuicios, nuestros reflejos condicionados y nuestras reacciones gregarias. Los conflictos se perpetúan de siglo en siglo por apego al pasado y a los recuerdos de experiencias dolorosas. Desde la infancia podemos estar condicionados a considerar a los pueblos en función de lo que vivieron las generaciones anteriores.
En el plano individual, el Señor HAMSAH MANARAH advierte:
«No juzguéis a nadie como vuestro enemigo mortal de por vida, porque de lo contrario bloqueáis toda posibilidad de cambio en él».[6]
Los rencores y los recuerdos pesados alimentan en nosotros, y proyectan sobre el otro, una energía de involución. Del mismo modo, en el plano colectivo, «el apego a los recuerdos de los crímenes cometidos por tal o cual pueblo bloquea la posibilidad de cambio del pueblo culpable».[7]
En la obra Vers un Âge d’Or d’Unité leemos: «Un día será necesario que cada nación ponga una cruz definitiva sobre su historia de guerras pasadas. Los resentimientos deberán desaparecer con todos los malos recuerdos; solo así, y a ese precio, desaparecerán las guerras y los fermentos de odio».[8]
Una de las grandes riquezas de la enseñanza de nuestro Maestro espiritual reside en un principio sencillo y salvador: una vez analizadas las trabas, nos propone soluciones prácticas para liberarnos de esas cadenas. La práctica diaria de técnicas que integran todos los planos del ser es la clave de la evolución de cada uno, lo que nos lleva al tercer punto.
3) La higiene mental
El psicoanálisis revela el proceso psicológico por el que el mundo en que vivimos no es solo la proyección de nuestro inconsciente, sino también la respuesta dada a nuestras reacciones inconscientes. «No se puede, pues, obtener nada a menos que se quiera a la vez con el consciente y con el inconsciente». No sorprende, entonces, la abundancia de técnicas de positivación en el aumismo. Tienen como objetivo alimentar nuestro inconsciente, concebido como una máquina grabadora.
La positivación del subconsciente es la que nos permitirá desprendernos del pasado y nos ayudará a seguir queriendo la Paz. Porque hay una parte de nosotros que quiere y otra que no quiere: esta última se llama inercia, pereza, celos, orgullo, egoísmo, miedo, falta de confianza en uno mismo, apego al pasado… «La clave fundamental de la más alta evolución reside en la positivación del subconsciente».[9]
También podemos reaccionar positivamente si nos ocurre estar en conflicto con alguien. Este ejercicio exige ser consciente del momento presente, para transmutar nuestros pensamientos sustituyéndolos por una bendición dirigida a quien ha sido objeto de nuestra agresividad, afirmando:
«Anulo el pensamiento emitido contra Fulano y le envío un pensamiento de amor, de paz, de armonía y de unidad. Que su alma me perdone y se reconcilie con mi Dios interior».[10]
Aquí también la práctica regular es esencial. Insistamos de nuevo en que se trata mucho más de intentar transformarse aligerando la propia conciencia que de borrar pensamientos y actos de forma mecánica para repetirlos después a placer. Ejerciendo nuestra vigilancia, podemos progresivamente (durante uno, dos, tres días) no agredir a nadie ni de obra, ni de palabra, ni de pensamiento, hasta que esta actitud forme parte de nuestra vida.
II. SUPERAR LAS LIMITACIONES DEL AMOR HUMANO PARA AVANZAR HACIA EL AMOR DIVINO
El amor en el seno de un pequeño grupo permite experimentar la no posesividad, el servicio a los demás, la solidaridad y la superación de uno mismo. Por ejemplo, por amor a la propia familia se aprende a ser paciente y generoso; uno se vuelve capaz de olvidarse de sí mismo por la felicidad de aquellos a quienes ama. Pero este amor humano no es más que un peldaño en la escala del amor.
El amor humano tiene límites
En efecto, la fraternidad dentro de subgrupos se transforma a menudo en exclusión de la diferencia. A través de este amor limitado, restringido, lo que se manifiesta es el carácter egocéntrico de un amor reservado a quienes nos aprecian y se nos parecen en su manera de pensar y de vivir. El amor humano se vuelve entonces sectario, exclusivo, reservado a un número limitado de individuos.
Por eso Su Santidad el Señor HAMSAH MANARAH nos exhorta sin cesar a desarrollar el sentimiento de la Unidad con todo lo que vive, para hacer posible en esta vida la conquista de la verdadera felicidad. Nos dice: «Cuando se ama a alguien, se ama la Imagen Divina que lleva en sí. Si no, no es Amor».[11]
¿Cómo avanzar, entonces, hacia el amor verdadero, el que supera los límites del egocentrismo y se abre a la unidad?
Mediante la identificación con la Conciencia divina: buscando la fuente profunda del Amor en el Yo Supremo en nosotros mismos. Para restablecer la paz hay que restablecer ante todo la propia Unidad con el Dios interior, presente en uno mismo y en cada uno. Porque si sentimos que el otro es una parte de nosotros mismos, ¿cómo podemos detestarlo de forma duradera o desear su muerte? Si el amor no se inventa ni se ordena, no es menos cierto que se cultiva y se educa a lo largo de toda una vida para expresarse mejor. Volvemos a la higiene mental y a la positivación del subconsciente, pero también a la práctica del hatha yoga, de las artes marciales y del pranayama, para dominar cada vez mejor nuestras emociones y reacciones.
Los aumistas procuran también practicar con regularidad meditaciones y oraciones repitiendo el Sonido OM. Cada oración, meditación, sesión de hatha yoga, comida, reunión, etc., comienza y termina con pensamientos benéficos y armonizadores para todos los seres sensibles y en todas las direcciones del espacio.
Su Santidad el Señor HAMSAH MANARAH sigue siendo para nosotros el mejor ejemplo de Compasión por todo lo que vive, el de Aquel que alcanzó las cumbres del Amor Divino y fusionó su alma en el corazón de DIOS.
Numerosas técnicas desarrolladas en Sus 22 obras permiten, si se practican, desarrollar este sentimiento de Unidad y entrever a Dios en cada uno, evitando a la vez el escollo de la debilidad y del romanticismo ingenuo.
Para concluir, he aquí un texto escrito por Su Santidad tras conocer actos malintencionados cometidos por personas a las que, sin embargo, Él mismo había ayudado y amado mucho. Es un poema dirigido a la humanidad entera:
LA CÓLERA DEL VIENTO
«Hombre o mujer, si encuentras en alguna parte
A un ser insensato que se dice mi enemigo,
O que simplemente se comporta como tal
Con sus palabras y sus actos,
Dile que está en mí,
Y que le doy mi Paz.
Conocido o desconocido por mi mente,
Es mi hermano y yo estoy en él.
Deberá, pues, dejar de ser su propio enemigo.
Cuando un puño colérico se hunde
En el agua clara,
Esta se aparta y luego vuelve a su lugar
Llegado el momento.
Del mismo modo mi alma indefensa
Sigue los movimientos impresos
Por la furiosa fuerza del viento.
Sin embargo, no pierde su nobleza,
Porque vive en un océano de beatitud.
Dile con amor
Que mi compasión lo espera
En el sendero de la luz,
Para ayudarlo, si lo desea,
A manifestar lo que ya está en él
Sin que lo sepa:
La Paz de la ETERNIDAD».[12]

